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Colón

Es la media noche y los niños aún no se duermen, el pueblo tiene vida después de haber permanecido fantasma toda la tarde. La música inicia y los aplausos aclaman el circo, ya no los detengan dejen que todas las criaturas se acerquen.

Que vuelen por los cielos los trapecistas, que se rían de los payasos que más que bromas hablan de amarguras e ironías… a este circo callejero le enorgullece ser del pueblo y para él. Que los aros den vueltas y que las antorchas no se apaguen como la esperanza de hacer un par de pesos que les den de comer el día de hoy. Que nosotros olvidemos nuestra realidad y alimentemos un poco el alma que falta ya le hace. Viva el circo, que él no tiene la culpa de mi mala fortuna…

Antes de llegar a Colón tengo que admitir que veníamos un tanto damnificados. El pobre de Diego con severas quemaduras que no lo dejaban ni caminar o cargar la mochila y para acabarla yo que no soy muy hábil cuidando las cosas. Encontramos donde pasar la noche de milagro, tengo que admitir que bastante mejor de lo que esperaba, al menos con aire acondicionado para que a mi querido se le curara un poco la herida.

No vimos la luz del sol durante el día, nos ocultamos como vampiros debajo de las cortinas por temor a que nos encontrara y tatemara lo poco que no hizo el pasado domingo. Llega la tarde y con ella el hambre, las ganas de salir a ver un lugar nuevo. No les miento cuando les digo que ni el super estaba abierto, encontrar una rebanada de jamón es tan imposible como toparse con un baúl lleno de dinero afuera de la casa a las 3 de la tarde. El pueblo es tenebroso y solitario, el río sigue triste gritando las mismas cosas que el otro lado; para que dividir los aplausos, cuando ya existen malditos para separarnos.

La desesperación que causa la sed y el hambre, dos necesidad tan básicas como el simple respirar, me hacen arrastrar los pies como si fuera una derrota… maldita siesta que no dormí, ahora me aguanto…

Nos pegamos a la costera, ahora llueve en la espera de ese sol que no quisimos, el sol que de todas formas no nos odia y nos da un regalo para que ya no lloriqueen en vano. El arcoíris sale sólo para nosotros que no hay más viajeros en nuestro camino, descansa en el horizonte para delinear nuestro mundo con otros colores. Me cae pesada la broma, porque siempre hubiera sido mejor un poco de pan, pero pienso en todos aquellos que aún intentan llegar a encontrar la olla con las monedas de oro que yo ya sostengo dentro de mis manos. Ya no me quejo, mejor me rio de las pequeñas desventuras…

El espectáculo está por iniciar. Estamos sentados en el piso ansiosos como si nunca antes hubiéramos visto un circo. Aplaudo y grito llena de emoción, Diego no siente más ardor, los malabares comienzan… me da gusto saber que también otros encontraron algunas monedas de oro mientras salía el sol.

El circo!

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