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Iguazú

Golondrinas extendiendo sus alas para brincar del infinito precipicio que no encuentra rumbo y mejor muere. Arcoíris que acarician su plumaje líquido con el tierno toque del sol, su cristalina mirada no deja lugar para las sombras y lo que ellas ocultan. Su sutil cantar se expande de forma inminente por el resto de la selva y ya no son lo que parecen, porque en realidad nunca fueron golondrinas.

Silbidos y gritos de desesperación aturden mis oídos aún jóvenes para esta vida silvestre; si supiera como abandonar mi cuerpo y saltar encontraría la libertad en medio de mi locura. Olvido las palabras y me pierdo entre sus brazos; nuestra piel comienza a mutar… un día más y nos convertiremos en reptiles.

En medio del seno de la creación, en un lugar capaz de engendrar vida, por fin tengo sentido. Encuentro a la única Eva corriendo por las aguas del Amazonas en busca de su Adán que por culpa de su previo destierro, descansa bajo las palmas del Plata. Se hacen el amor de la forma más pasional, más terrenal; tan estruendosa que escucho como aúllan los espíritus del bosque para celebrar la nueva vida.

No soy más el enemigo, he emancipado mi alma que ahora corre lejos de mí; vuela entre las golondrinas y luego se desintegra en millones de prismas. Soy hija de Dios, de mi madre, de la madre tierra… de una costilla antes que nada, de agua, de polvo, de carne.

Vuelen golondrinas, sigan cayendo del cielo, que el recelo no las detenga; mojen mi rostro que tendré los ojos cerrados cuando desaparezcan…



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