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Pingüineapolis

A la orilla del mirador donde los contemplo, los pingüinos se reúnen para nadar entre las cristalinas aguas del mar.

Adorables de una forma casi inexplicable. Alegres al iniciar el andar, al compás de un canto sonoro y profundo; apenas iniciando su vida despidiendo inocencia. Frente a ellos me siento completa, junto a la persona que quiero, el único para mí. Sé que somos pingüinos capaces de reencontrarnos a través del tiempo y nuestros viajes.

Un sueño de infancia hecho realidad, una añoranza latente que culmina con la realidad más pura y bella que trae consigo plenitud, el regreso… Perdonar el infantil abandono que me hizo suspirar al pensar donde quedaban esas tierras lejanas.

Ahora sé que soy una de ellos, marcho por un sendero desértico y llego al mar. Fiel compañera de uno solo, intrépida para emigrar a donde haya la promesa de un nuevo hogar.

Aún recuerdo esas noches durmiendo con mi pingüino de felpa. Después de varios años mi madre me informó cuando regresé de la escuela que él se había ido con su madre a la Patagonia… hoy sé que él está aquí cantando junto a los otros.

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