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El Fin del Mundo

Montañas que se abren en el horizonte que no se termina, detrás de nosotros se ha queda lo conocido, lo convencional. En medio del mar, donde ya no tenemos nada siento la libertad más fulminante. Sobre mi sólo tengo nubes que no conocen la diferencia entre el cielo y el mar, rebeldes como yeguas salvajes que no tienen dueño o un destino premeditado como es la verdad.

Colores que no tienen explicaciones. Azules nostálgicos y fríos, helados en la tierra de fuego que arden en medio de la furia de un creador misericordioso que ahora huye en un carruaje jalado por estrellas fugaces capaces de desaparecer.

En medio del mar, en medio de la nada, en el más grande amor, allí van los viajeros persiguiendo el infinito… Al fin del mundo; al punto más cercano a la Antártida, tierra jamás conquistada por el hombre. Misteriosa y arrogante vestida de blanco, saca el avasallante invierno de su manga colores de verano para vestir al cielo en su última visita a la bahía. Nosotros no decimos nada porque aún no conocemos las palabras que curen, que recopilen recuerdos, que reproduzcan momentos… olvidar es para los que aún duermen, para los que no son gaviotas en la playa.

Que el faro guíe a los que han estado perdidos, que sigan su luz y que encuentren el rumbo. Marinero más triste no hay que aquel que aún no sabe a donde se dirige su embarcación. Que encuentren esa isla de colores perdida en medio del océano donde descansa el atardecer más largo del mundo.

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