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Flotando sobre Lapislázuli

Soñé que cruzamos la frontera como si no tuviera dueño, como si antes no hubiera hombres en estas tierras australes sólo una manada de caballos salvajes. Mentiras que me encantaría contarles a los que aún desconozcan la naturaleza del poder y la ineficiente burocracia que hace de las suyas para dividir en vez de unirnos.

Con un clima soberbio y bipolar, llegamos a tierras chilenas que debo admitir trajeron nostalgia por la patria querida. Algo hay en este aire que trae consigo la alegría de una cultura hermana que pasea por la plaza y vende de todo en el mercado. Gente servicial y platicadora, castañuelas que pululan por las calles con motivación en los ojos para progresar.

Frutas del mar de los colores más exóticos para traer nuevos sabores al paladar, el olor a sal que tienen los puertos que por las noches se vuelven luces de feria y comida de puestos.

Cruzamos a la isla de Chiloé para ver las casas que flotan sobre un mar de lapislázuli, que reflejan sus animados colores y las marcas del tiempo que no siempre nos cuentan historias alegres. Moradas, rojas, naranjas, azules, amarillas; palafitos suspendidos en el aire que no tiene intención de llevarse lo que corre sobre el río. Su contraste con el verde vivo de una densa vegetación que no deja espacios en blanco y corazones sin rosas; las palabras no me alcanzan para describir las maravillas de estas tierras nuevas para mis ojos.

Ansiosos por descubrir nuevas cosas, guardamos de nuevo todo en la mochila. Supongo que ya he dejado olvidadas un par de cosas porque me pesa menos; o será la vida que ahora sé cómo tomarla más a la ligera. He aprendido cosas nuevas; espero salten por si solas de los renglones sin necesidad de que yo con mi obviedad se las digas. Menos mal Diego decidió venir, no sé quién más hubiera podido retratar la verdad que a veces redescubro cuando veo esas imágenes y me hablan de nuevo.

Nos vamos. Quiero más ceviche antes de irme, otro atardecer color melocotón, otro día para que no se termine esta fantasía.

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