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Ella era un Desierto

Torta de frutilla, 2 bolsas de fritas, 3 paquetes de galletas saladas, 3 panques y 26 horas de camino es lo que llevamos de equipaje de mano para llegar a las místicas tierra de San Pedro Atacama.

No tenemos idea de que haremos o de donde dormiremos, lo que más nos importa es cruzar a la brevedad a Uyuni y según hemos investigado por el momento ir hasta el Norte de Chile es nuestra mejor opción.

Dejamos atrás la costanera y sus playas, los colores de las casas se van derritiendo, la civilización se cambia drásticamente por desierto y la salud de mi querido se va deteriorando a medida que avanzamos en nuestro camino.

El ayudante de chofer ve la angustia con la que viajamos engarruñados en los asientos y me indica que estamos a punto de llegar. Eso me anima un poco porque lo único que me queda por hacer es sostener la bolsa de plástico para que Diego vomite.

– Abajo todos del bus, que es la media noche y tenemos que ir a la estación de servicio. – Grita el chofer.

Diego sale disparado por la puerta a vomitar. Yo quiero ponerme a llorar porque como era de esperarse el místico Atacama es el pueblo más pequeño de todo Chile.

Por suerte hay un hombre parado al final de la estación que tiene cara de estar buscando huéspedes. Está oscuro y no tenemos más opciones así que dejo que mi buen instinto nos guíe y así es como terminamos en un camping con todo y Llamas.

No tengo idea como montamos la carpa, entre la enfermedad y la oscuridad es una tare titánica. Lo único que escucho es a las llamas pastar cerca de nuestra casa de campaña. Obviamente no hay agua caliente en el camping y más te vale tener tu propio papel higiénico porque esta es la verdadera experiencia con la naturaleza. Diego terminó vomitando 5 veces hasta que la señora del camping se apiadó y le dio un té de hierbas que lo ayudó a dormir.

Como era de esperarse el sol y los gallos de la señora nos despertaron justo a las 7. Don Antonio, el dueño del camping, pasó a saludarnos y a ver como seguíamos. Como buen comerciante que es, tubo la genial idea de inaugurar su agencia turística para llevar de tour a los huéspedes del camping. Diego, que amaneció de mejor ánimo decidió que podíamos quedarnos un día extra en San Pedro para conocer el Valle de la Luna.

La mañana trascurre sin prisa, nos reímos de la situación que no podría ser más cómica porque aparte de que nos estamos cocinando, se le salen los pies a Diego de la casa de campaña. Vamos a caminar al pueblo antes de que comience el tour, queremos comprar nuestros boletos a Uyuni. Después de ver unas cuantas agencias decidimos ir en un paseo de tres días que comenzaba el día siguiente a las 7 am; por lo que es buena idea no cansarnos mucho el día de hoy.

Regresamos al camping y la camioneta de Don Antonio ya está por salir. Contentos de ir de paseo y ocupar nuestro día de forma productiva, sin pensarlo dos veces nos subimos. Diego con el mismo cambio de hace 2 días y yo con vestido de playa y chanclas de baño.

A los 10 minutos llegamos al Valle de la Luna. Hermoso lugar, en verdad misterioso y lleno de leyendas; un lugar de color arena donde se guardan los secretos del desierto. Lo que todos olvidaron decirnos es que para llegar a lo más alto hay que cruzar unas grutas oscuras y filosas. Los espacios se van reduciendo de tal forma que vamos pecho tierra intentando encontrar la luz. Para colmo, tenemos que escalar hasta un peñasco en lo alto para poder salir y llegar al fin a la cumbre.

Las chanclas se resbalan y Diego teme que pueda que caer. Las piernas me tiemblan y no tengo forma de sostenerme. Inevitablemente me corto la rodilla con los filos de las piedras, ¡No puedo creer que nadie nos advirtiera que habría que escalar!

La cortada, el miedo, el dolor… todo valió la pena con tal de ver el Valle donde se oculta la luna. El atardecer me arrancó el aire del pecho y se quedó grabado en mi memoria, divino momento a quien dedico este poema:

Ella Era un Desierto

Sin querer he descubierto su secreto, lo enterró junto a los restos de su esqueleto y ahora ronda entre los pocos vivos que se atreven a cruzar el valle de los muertos.

Acaricio sus relieves para que sus escamas me corten los dedos y así ya nunca pueda ser de nadie más. Desescombro dinosaurios de la arena; ninguno tiene rostro así que olvido rápido su trágica desaparición.

Peces globo de colores áridos escondidos entre grutas. Dunas gigantescas donde se clavan las espinas de un recuerdo. Con los pies descalzos camino sobre la espalda de una mujer desnuda que se esconde en medio del desierto.

En su propio misterio no le queda más razón que morir. Albercas de rocas que ya no significan nada más que el vacío; la ausencia de algo que le diera un motivo para continuar y no desangrarse sobre las nubes. Pobre y miserable sol que se destinta en medio del cielo. Que le de nostalgia por las noches, por otras galaxias, por otra humanidad que fuese más cálida.

Corro entre las nubes y espero con ansias llegar al horizonte. Navegar entre las estrellas que no saben como regresar al Valle de la Luna. Entre sus caminos me pierdo, un traicionero desierto que busca arrebatarme su secreto para que yo no guarde en el cajón lo que sólo le pertenece a Dios.

Naranjas: así eran sus ojos la última vez que los vi. No me dijo su nombre porque ni ella lo recuerda. De las mangas de su manto saca un remolino rosado para envolver mi barca y regresarme a donde pertenezco: a lo mundano, a lo ordinario.

Extraño su compañía, un desierto frágil, uno mío. Sueño con ser polvo, arena, ser ella y no tener fin. Granos que fueron parte de rocas, de montañas… vestigios de enormidades reducidas a su suerte. En el fondo agradezco ser nada, diminuta, para escabullirme en medio del desierto.

El atardecer se escapa dejándonos exhaustos, no tenesmo idea como le haremos para despertarnos mañana.

Regresamos al campamento a empacar lo poco que tenemos. Nos dormimos envueltos en los sleepings que el frío es canijo en la madrugada.

A pocas horas de que suene la alrma siento como me cae una gota de agua en mi frente. Diego se despierta de forma simultánea contándome que soñaba que nos ahogábamos. Coincidencia o locura, lo que prefieran por nosotros está bien; yo sólo les platico que esa madrugada llovió sobre el desierto de Atacama después de 9 años. ¡Claro que tenía que llover sobre nuestro campamento antes de irnos para Bolivia! Si no, esto no sería la aventura que ya les iré contado. Esto apenas es el día 1.

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