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Cielo de Sal

Apenas salen los primeros rayos de sol sobre estas silenciosas tierras. El cuarto se comienza a iluminar lentamente y nosotros ya estamos listos para salir a buscar el salar.

El frío es intenso y solo la ilusión mantiene vivo al grupo que ve difícil completar la hazaña.

Nos despedimos del plano desierto que nos guía a su principio, el final de nuestro camino sepultado entre rocas. Meteoritos rojos que llegaron del espacio a morir aquí donde nadie pueda molestarnos. Seres sinérgicos que encuentran su lugar e irradian energía por si algún día regresan a su lugar de origen. Escucho rugidos de leones reclamando su territorio, quiero guardarme aquí y vivir entre ellos porque no soporto la realidad.

Diego me toma de la mano y me pide que volvamos. Me convence con la promesa de una sorpresa. Maldita sea! Me conoce bien que sabe que iré. La curiosidad me mataría si no.

Me quedo dormida en el camino, no es hasta que llegamos que abro los ojos.

-Mira! Es un cementerio de trenes!.

Viajo en el tiempo, ya no soy la mujer que era. Ahora soy una niña que se despide de sus trenes de juguete. No consigo perdonarme su muerte, lo poco que al crecer valoramos lo que tenemos, que ya no los necesitemos y que los hayamos obligado a venir aquí donde no tengan que llegar a la fundidora.

El tren flota entre las nubes donde se oxida con cada lágrima y cada pensamiento. Me hago pequeña para jugar con el, antes de que se vaya de una vez por todas a realizar su última travesía. Melancolía que es ahora la capitana del tren me saluda. Abandonados los pasajeros y yo que ya me he muerto tantas veces estos días me hace falta resucitar para caminar entre las nubes.

Si antes no supe ser libre discúlpenme. Si creí que podría continuar sola que se oscurezca mi vida, que necesito una cálida mano para continuar. Que aprenda a perdonarme y se abra el paraíso.

¿El paraíso? Sí, a ese donde llegamos. Un lugar donde se acaba la tierra y comienzan las nubes. Andamos de la mano el príncipe de ojos amarillos y yo. El reflejo del alma de un ángel, el misterioso rostro de aquel que fue capaz de contrastar la miseria con la máxima pureza. Dentro de este mundo y fuera de toda imaginación, una tierra de sal dueña del cielo. Voy dejando pedazos de mi corazón para que no se sequen los lagos, que no se termine el horizonte, para que pueda seguir mi vida sabiendo que hay quien me extrañe en esas tierras blancas.

Perfectos castillos de sal donde bailo mi último ballet. Donde me dan ese beso que aún mantienen mis labios tibios. Me duelen los ojos al verte de frente Dios, que esto somos: una bella confrontación. Que se abran los mares y no te olvide ahora que te he encontrado sobre la tierra.

Nuestra vida no podrá seguir siendo igual a partir de este momento; nos hemos quitado los ojos para ver con el alma el cielo flotante de este planeta. Tan fugaz que casi parece un sueño nuestro hallazgo, algo que hemos dejado en libertad para que sea de otros que como nosotros lo busquen sin cansancio.

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