Blog

Que llueva sobre los miserables

Nos despedimos, la odisea continúa y tenemos que marcharnos. El pueblo está cerca de aquí y parece que va a llover.

El cielo se transforma en agujero negro que va a tragarse las cinco calles que hay. Sobre la iglesia se postra una nube rosa, con toques de verde pastel. En la cúpula más alta, la cruz no es suficiente para combatir el infierno que se deja caer sobre nosotros los miserables. Es el apocalipsis, me digo en silencio. A un Uyuni sin héroes no habrá quién lo rescate.

Diego me toma de la mano para buscar resguardarnos de la tormenta. Una plaza sin kioscos, locales en penumbras, una noche sin luna, ¡nada! Sólo nosotros para abrazarnos, mientras los relámpagos iluminan el salar.

Qué triste es ver el cielo caerse a pedazos. Ahora combatimos como bestias por un refugio, alguien que nos acoja. Es el purgatorio y nosotros sin confesarnos.

Con las mochilas a cuestas caminamos entre los riachuelos que se forman en las calles, ni quien soñara con Venecia; esto es real, es la miseria viéndonos de frente como un jaguar que aguarda por sus presas.

Casas de adobe pintadas con la esperanza de olvidar. Me acuerdo de la mía donde hay agua caliente y miro a Diego con quien río de la ironía en silencio, después de todo hace unos cuantos días que secretamente soñamos con una cama de verdad.

Diego pregunta a un hombre local dónde queda la terminal de buses. A este hombre le faltan todos los dientes de enfrente pero le sobra amabilidad para decirnos como llegar. Las instrucciones son sencillas: hay que seguir derechos tres cuadras hasta donde termine el pueblo.

Creo que no hace falta que describa nuestras caras de sorpresa al ver que no existe tal terminal de buses. Si apenas están los pobres camiones estacionados en fila. Los faros de la calle parecen sufrir de algún tipo de enfermedad terminal porque no alumbran, sólo le dan un aspecto tétrico al asunto que no pinta nada bien.

Algunos de los camiones carecen de espejos retrovisores o están marcados por el violento cristalazo de la crisis. Creo que muchos de estos transportes los trajeron ya de cuarta mano sin refacciones.

Diego saca los boletos donde dice el nombre de la compañía de buses, es un tal “Don Omar”. Lo buscamos desesperados entre la multitud. “¡Allí está!” me dice, un flamante bus azul. “Menos mal que las cosas comienzan a mejorar” le digo. Diego, que normalmente es el optimista, me tira una media sonrisa “yo voy a esperarme a ver el tamaño de los asientos para comentar”.

Cuando dije flamante olvidé recalcar que apenas es un bus de tres estrellas dónde no le caben las piernas a nadie que mida más de 1.80. Qué podíamos esperar de todos modos viendo el tamaño que manejan los lugareños; menos mal que solo será por la noche.

Nos subimos. Con mejor cara sacamos la compu para ver una movie, pero para continuar con nuestra buena suerte ni siquiera hay carretera de aquí hasta La Paz. Así que ya saben a donde pueden enviar sus donaciones.

Ver por la ventana es como darle la mano al demonio, todo negro, sólo sentimos los golpes contra las piedras y los baches imperceptibles para nuestros ojos. Hoyo tras hoyo en nuestro camino, un movimiento tan brusco que hace que mi corazón salte del pecho.

La pesadilla se apodera de nosotros, ahora estamos enfermos. Náuseas y un dolor de cabeza intenso que nos seda y hace que nos desmayemos. Ya no siento mi cuerpo, mi cabeza es un mundo paralelo a mí; el frío corta los nervios de mi rodilla, que no dejan de golpearse con el asiento de enfrente.

Diego toma mi mano, el cansado rol de protector que asume por instinto. “Todo estará mejor por la mañana.

Me despierta la resequedad en la garganta. Puede que sea un sueño porque el bus se encuentra suspendido en medio de la nada, me asomo por la ventana y la cruel noche me saluda. Sin rastro de civilización la tripulación aún descansa sin saber lo que ocurre. Yo estoy aterrada porque no hay nada en el horizonte más que montañas.

– Diego, ¡despierta! Creo que van a asaltarnos.

– Calma, no hagas ruido. Tenemos que esperar para ver que sucede.

Abrazo el morral contra mi cuerpo mientras espero escuchar otro sonido. Sólo retumba el sonido del viento entre las ventanas y uno que otro ronquido pero no nos movemos. Es cuestión de segundos, lo sé. Nos están torturando con la espera.

– Diego, ¡reacciona!

– Pensé que era un sueño, ¿Dónde estamos?

– No tengo idea, estamos parados en medio de la nada

– No creo que nos roben, ya habrían subido. Debe ser algo más.

Estamos tan agotados que no podemos ni terminar nuestra conversación. Ya no puedo mantener los ojos abiertos.

¡Se mueve! Puedo sentir que el camión está avanzando. Vamos a llegar a tiempo a La Paz.

Me despierto, es sólo un sueño. El camión sigue sin moverse, creo que el chofer debe estar dormido. Seguro estaba pedo y se le hizo buena idea estacionarse aquí. Diego sigue inconsciente viviendo su propia fantasía; la de el incluye un desayuno buffet.

Calculo que llevamos 8 horas sin movernos. Nadie ha venido a darnos una explicación y el sol quiere asomarse entre las nubes. La gente comienza a despertar. Muchos no tienen idea de lo que ocurre y están azorados mirando por la ventana.

– Diego despierta. Ya es de día.

– ¿Qué pasa amor, no nos hemos movido nada?

– Así es, absolutamente nada.

Nos levantamos de los asientos de un brinco. Vemos que los demás hacen lo mismo y todos corren despavoridos por los alrededores. La realidad se aclara frente a nosotros cuando vemos que no somos los únicos. Otros 15 camiones están en fila; inmóviles. Comenzamos a caminar hacia el frente donde se conglomera la gente. Vemos lo que parece un río cortando el camino pero eso es solo el comienzo. Hay una pick up, de carga amarilla, estancada en el lodo. Rectifico, sepultada en el lodo. La tierra está reclamando su territorio, se come lentamente al pobre carguero que no tiene la culpa que el dinero no alcance para pavimentar.

Entre todos los choferes apenas juntan dos palas y un gato. Nada que sea útil en estos momentos. El río crece sin que podamos detenerlo. Hemos de ser unas 600 personas, todos mortales sin poderes mágicos, incapaces de controlar el curso de la vida.

Quiero que esto sea mentira, quiero despertar. Me aferro al amor, a lo que tiene sentido y pido con fe a un ser misericordioso que nos saque del lodo donde estamos atorados. En esta marginada Bolivia no hay grupos de rescate o helicópteros, tenemos que conformarnos con lo que tengamos y encontrar un nuevo camino para llegar.

El nuevo plan es irnos como podamos. Ya no podemos seguir esperando; la pick up amarilla no tiene remedio. Supongo que lo racional en este momento es que sigan su camino los que puedan y que llamen desde el pueblo a una grúa para que los rescaten.

Colosal, épico e inolvidable es el cruce de los camiones por el río. Unos aventando paja para que las garras de lodo no lo atrapen. Gente empujando y los que quedamos gritando de emoción; se siente como una batalla ganada.

Cómo gigantes derrotados de metal vemos como se alejan los camiones, es momento de quitarse los zapatos y lidiar nuestra propia batalla. No me duelen las piedras que me encajo en los pies, me duele la realidad. La cíclica pobreza que no tengo forma de domar cómo al río. Absurdas las condiciones en las que viven, una nula calidad de vida y quizás una forma de ser que yo no comprendo.

Que el río se lleve esas penas, que se lleve las injusticias que el hombre a permitido. Ya no miro lo que hemos abandonado, me subo de nuevo al camión y espero.

Recorremos sin guía el inframundo color ladrillo, la sensación es tan horrible como la de anoche. Nos acurrucamos como podemos, sentirnos juntos nos da fuerza. Hay que pasar rocas, cruzar lagunas, cruzar ríos, convertir el camión en lancha con un poco de imaginación, ver por la ventana y aprendernos de memoria las montañas. Ir al baño es un ni pensarlo y comer una necesidad básica vuelta falacia, nosotros sólo tenemos un chocolate snickers para los dos.

Saludo a mis amigas las vacas submarinas. Armo paisajes distintos en mi cabeza. Aprendo a quejarme en silencio y veo la cruda realidad de un mundo de riquezas polarizadas.

En estos momentos valoro mucho mi educación, mi familia, el trabajo, el poder de cambiar, el amor.

Ayer soñé que vivía en un mundo justo, uno igual donde existiera un balance entre sujetos y elementos. Uno feliz. Sin embargo cuando desperté y vi que eso era imposible me di cuenta que todo seguía igual; menos la propia idea que tengo de mí. Ahora soy una mujer con un sueño.

4 Replies to “Que llueva sobre los miserables”

Leave a comment