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Navegando la Frontera

– Bu, ¿te acuerdas a que hora se supone que sale el camión?
– Creo que era a las 6, pero ahorita checo en los boletos.
– ok. Porque ya son las 5:45 y tenemos que ir a la plaza a que nos digan de donde salen los buses.

Con movimientos cansados y pocos coordinados saco los boletos de mi cartera. Tengo hambre y nuevamente estamos frente a la terrible posibilidad de volver a comer galletas. No digo nada y mejor sólo levanto mi mochila para ponerla sobre mi espalda; esa es la señal que Diego espera para hacer lo mismo y caminar de la mano.

Son sólo un par de cuadras, pero es difícil esquivar a las personas que están en medio de una revuelta. Curiosamente la banqueta está llena de personas con mochilas como las nuestras. Unos de malas y otros dando marometas para pasar el rato mientras lo que quedan discuten de forma acalorada.

– Seguro se trata de una festividad…

Yo asienta a la afirmación de Diego, pero en el fondo no estoy muy convencida. Cada vez que alguien ve pasar un vehículo se le echa encima y pide aventón de forma desesperada. Un tipo de plano casi se muere cuando salta hacia el cofre de una camioneta roja para que lo llevara. Nosotros no hicimos nada, los demás espectadores se encargaron de abuchear y perseguir al conductor que los dejó comiendo polvo.

Nos acercamos temerosos al local donde compramos nuestros boletos. Me pone nerviosa la actitud del señor encargado que no quiere responder preguntas y las caras de las personas angustiadas.

– Espérame aquí Diego, voy a ver qué pasa con el señor.
– Ok. ¿Crees que deba ir a comprar algo de comer? No se, como una pizza.
– ¡No Diego! Estás loco de moverte de aquí. Ya es la hora de irnos y no podemos esperarnos a ver si alcanza a estar lista la pizza. Mejor ve y compra lo de siempre unas galletas, un chocolate o algo así.
– Pues no me alcanza para mucho. A lo mejor debería de cambiar dinero.
– No vale la pena porque ya nos vamos a Perú. Creo que podemos sobrevivir con los 40 bolivianos que traemos.
– Ok. Me parece, tú ve a ver que está pasando.

Mitad morbo, mitad necesidad; abrirme paso entre la multitud para averiguar lo que ocurre es un placer culposo. Los gritos histéricos imprimen cierta dopamina que inhalo rápido, no quisiera desmallarme sin saber la verdadera razón de nuestra demora.

El local es pequeño y decorado de forma decadente que dan la impresión de vacío. Una perdida traducida en espacio que ahora es el cementerio de todas las mugrosas mochilas. Los resignados se conforman con recargarse contra la pared y dejan de emitir sonidos; no hay peor decepción o queja que el silencio.

El señor es tan grande y alto como un buen refrigerador alemán oxidado. Su cara maleada por la vida da miedo a los niños y a varias ancianas. Moteado y manchado como un perro sarnoso guarda el secreto bajo los brazos. Un hombre mitad bestia que mata a sus presas con la mirada deja que los ríos humanos detonen y desemboquen lejos de él o alguna explicación.

– Disculpe señor. ¿Por donde va a salir el camión a Cuzco?
– ¿Cuzco?
– Sí, Cuzco. El camión de las 6.
– Por el mar.

Creo que se ha vuelto loco este hombre. Se voltea y comienza a caminar en dirección al muelle.

– ¿Pero usted va a venir con nosotros o qué?
– Ya le dije que al mar. Lancha a Puno.
– Pero yo había comprado un camión.
– No, no camión. Lancha.

El señor se va y me deja hablando sola. Veo a Diego a lo lejos que viene de regreso de la tienda.

– ¡Apúrate que tenemos que irnos!
– ¿Ya va a salir el camión?
– No en realidad nos vamos a ir en lancha.
– ¿Cómo que lancha?
– No tengo forma de responderte esa pregunta, sólo sé que tenemos que ir detrás de ese señor.

Apunto al hombre mientras caminamos hacia él. No entendemos nada de lo que pasa y además de nosotros sólo nos acompañan otros 3 franceses que no paran de hojear su librito de Lonely Planet. Pobres ilusos que esperan encontrar algún tipo de apartado donde hablen sobre esto, con suerte y lo incluirán para la nueva edición que sacan para el 2012.

La lancha a la que estamos por subirnos es todavía peor a la que habíamos tomado para ir a la Isla del Sol; he visto cascarones de huevo con mejor posibilidad que esto.

– ¡Apúrense que no tenemos toda la tarde!

“Corremos” tanto como podemos, esta altura está matándonos. La lancha parece que no tarda en hundirse y sólo tiene otros 3 pasajeros además de nosotros. Nos sentamos junto a una señora y su hija. En la espera de saber mejor que ocurre decido ponerme a conversar con ella; no vaya a ser que esto sea una trampa para que nos quiten nuestros órganos.

– Buenas tardes señora. ¿Ustedes también van para Puno?
– Sí, nosotras somos peruanas y estamos intentando huir de este espantoso lugar. Este tipo de cosas son típicas en Bolivia, lo único que quiero es que lleguemos a la aduana antes de las 7 que van a cerrar.
– Disculpe, creo que me perdí de algo… la verdad no se a que se refiere con su comentario.
– ¿No han visto las noticias?
– No.
– Bueno, es que ha habido un paro de transporte. Han aumentado el precio de la gasolina en todo el país, pero no han subido los precios de los pasajes y la gente ha decidido no mover ni un dedo más.
– ¿Tiene idea de cuantos días estará así el país?
– No lo sé. Pueden ser hasta un par de semanas.
– ¿Cree que alcancemos a llegar a la aduana el día de hoy? Para nosotros es esencial estar hoy mismo en Perú. Si no, no podremos ir a Cuzco y Machu Pichu.
– Pues me encantaría decirte que sí, pero nosotras tenemos casi 40 minutos aquí sentadas y no nos vamos. Aparte no crea usted que estamos tan cerca. Este motor de esta mierda no va a soportar el peso de todos. Tenemos en total como 40 minutos para llegar allá y no voy a mentirle, queda aparte una caminata pesada que son aproximadamente 15 minutos colina arriba.

Tengo la boca abierta y el corazón destrozado. La señora no está enfadada de nada, estos son unos hijos de la guayaba. El hombre con su barriga gigante se pone a fumar junto al contenedor de gasolina, que les informo sólo es un frasco de platico hediondo. Vamos a morir de hambre o en medio de una explosión tan cerca de la frontera y en medio del río Titicaca.

La paciencia se terminó el chocolate y el chocolate se terminó el intestino pequeño que ahora voy a vomitar. No parece que vayamos a irnos nunca y ya sólo quedan 30 minutos.

– Señor, ¡O hace algo o le juro por Dios que me voy a poner a remar yo misma la lancha!
– No podemos hacer nada más que esperar. Ha habido un problema y tenemos que aguaradr a que vengan las otras personas.
– ¡Por el amor de Dios! ¿de qué otras personas está hablando?, ¡Aquí apenas y cabemos lo que estamos! ¡YA VAMONOS!
– A mí no me habla así, entienda que yo no decido estas cosas. No han de tardar estas 25 personas más.

Cuando estaba por morderme la lengua del coraje veo como vienen hacia nosotros esas 25 personas. Creo que el hombre esta mareado por culpa de la altura y no entiende lo que está haciendo, porque a menos de que su plan sea ahogarnos no sé en donde piensa ponerlos.

– ¡Ya súbanse, que estuvo suave andarlos esperando! y no olviden tener sus 10 pesos a la mano que esto no es gratis. De una vez les digo que quien no quiera pagarlos no me haga enojar y mejor sólo vallase. Si no les parece justo pues váyanse a quejar con su mamá que aquí no tenemos tiempo de esas cosas.

Esa última parte desalentó a varios a regresarse, es suficiente esta robadera. Creo que pagué bastante dinero como para que no incluyera esta lancha.

Diego me pide que no diga nada, el señor parece poco educado por no decir cosas peores sobre él. La lancha arranca con 27 personas más mochilas encima. Suena como si la pobre tuviera un caso severo de bronquitis.

Disfrutamos del atardecer abrazados en estas tierras exóticas. Dejamos atrás una Bolivia que se despinta sobre el lago y deja que el sol se queme sobre sus aguas. Cambia de nombre y ruta, de rostro y nos seduce Perú mientras juega con sus dedos a jalar el gatillo de esta bomba de tiempo.

Estamos por llegar al muelle cuando de la nada se escucha como se termina la gasolina. Una gaviota se hizo encima de la cubierta y ahora Dios se ríe de forma estruendosa de nosotros. Por suerte traía un palo de bamboo gigante con el que nos ayudamos para llegar hasta la otra lancha amarrada al muelle. El hombre salta desbalanceando nuestra barca y comienza a gritar como uno de los personajes en corazón salvaje. Me quedo petrificada del terror, estamos a expensas de la oscuridad y el poco brillo que queda se refleja en los ojos de mi amado quien ahora brinca para abandonar el barco.

– ¡Tienes que saltar ahora!
– Pero como quieres que haga eso, la mochila pesa demasiado.
– No pienses las cosas dos veces, tienes que saltar. Yo te voy a agarrar, te juro que no te voy a dejar caer.
– ¡NO PUEDO!
– Tienes que poder amor, quedan sólo 10 minutos para ir a la aduana.

Es increíble de donde saca uno el valor para brincar, para hacer cosas que jamás creyó posibles, para afrontar el peligro y volar. Usamos la lancha como puente para luego caer en el lodo que no se ve por lo oscuro que está. Nuestros inmundos zapatos ni los vagos los quieren.

Como podemos sacamos las linternas de la mochila y alumbramos el camino que no es nada prometedor. Es difícil mantener el aliento a cuatro mil pies de altura, sin mencionar la mochila. Diego me tiene agarrada mientras corremos de tal forma que parece que entre él y el viento se encargan de mi cuerpo.

Los demás se quedan atrás y pierden el aliento mientras nosotros caminamos con el corazón en las manos. Quedan 5 minutos, sólo cinco y apenas veo borrosa la luz de la oficina. Me las ingenio para sacar los pasaportes y tener todo listo cuando entremos con los policías.

Literalmente nos caemos sobre la mesa con los pasaportes abiertos en la página que nos sella. Fuimos los últimos esa noche, los pobres mexicanos que estaban empeñados en cruzar al Perú. Valió la pena, todo sin descontar un solo segundo de esta travesía. Somos caminantes, pasajeros de trasporte colectivo, temerarios escaladores, nadadores profesionales, piratas, soñadores, inmigrantes mugrosos, mochileros…

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