Flotando sobre Lapislázuli

Soñé que cruzamos la frontera como si no tuviera dueño, como si antes no hubiera hombres en estas tierras australes sólo una manada de caballos salvajes. Mentiras que me encantaría contarles a los que aún desconozcan la naturaleza del poder y la ineficiente burocracia que hace de las suyas para dividir en vez de unirnos.

Con un clima soberbio y bipolar, llegamos a tierras chilenas que debo admitir trajeron nostalgia por la patria querida. Algo hay en este aire que trae consigo la alegría de una cultura hermana que pasea por la plaza y vende de todo en el mercado. Gente servicial y platicadora, castañuelas que pululan por las calles con motivación en los ojos para progresar.

Frutas del mar de los colores más exóticos para traer nuevos sabores al paladar, el olor a sal que tienen los puertos que por las noches se vuelven luces de feria y comida de puestos.

Cruzamos a la isla de Chiloé para ver las casas que flotan sobre un mar de lapislázuli, que reflejan sus animados colores y las marcas del tiempo que no siempre nos cuentan historias alegres. Moradas, rojas, naranjas, azules, amarillas; palafitos suspendidos en el aire que no tiene intención de llevarse lo que corre sobre el río. Su contraste con el verde vivo de una densa vegetación que no deja espacios en blanco y corazones sin rosas; las palabras no me alcanzan para describir las maravillas de estas tierras nuevas para mis ojos.

Ansiosos por descubrir nuevas cosas, guardamos de nuevo todo en la mochila. Supongo que ya he dejado olvidadas un par de cosas porque me pesa menos; o será la vida que ahora sé cómo tomarla más a la ligera. He aprendido cosas nuevas; espero salten por si solas de los renglones sin necesidad de que yo con mi obviedad se las digas. Menos mal Diego decidió venir, no sé quién más hubiera podido retratar la verdad que a veces redescubro cuando veo esas imágenes y me hablan de nuevo.

Nos vamos. Quiero más ceviche antes de irme, otro atardecer color melocotón, otro día para que no se termine esta fantasía.

Bariloche encantado

Habiendo dejado el reino del que provienen, una princesa rebelde y un intrépido príncipe de vainilla se fueron a buscar tierras lejanas donde se fabrica la libertad. Sin las comodidades de la vida moderna, cargando sólo con mochilas y una aventura bajo el brazo, los viajeros llegaron a un bosque encantado que queda cerca del cielo. Anduvieron por horas cuesta arriba en busca de su hermano el sol, enamorado de estas tierras lejanas, que con sus rayos acaricia los 7 lagos durante el dulce verano.

Dejaron escapar el tiempo, antiguo enemigo que hoy desconocen. El polvo se vuelve traslucido y ensucia sus zapatillas que no quieren volver… Morir, como las hojas que caen de los árboles para florecer la próxima primavera donde les hagan falta los viajeros a este bosque encantado.

Anduvieron sin sendero, bello desencuentro del camino que se reinventa para llegar a la cima. Árboles naranjas sin flores que les roben los colores. Troncos hechos de plata que se esconden entre un bosque cambiante donde duermen pacientes los duendes.

El atardecer encuentra a los viajeros justo antes de eclipsarse contra las montañas que separan los lagos del horizonte. Los príncipes no anticipan la noche que puede alcanzarlos a las faldas del cerro. La vegetación se transforma haciéndose tétrica y oscura, lo que antes fue lindo comienza a ser tenebroso.

Sin carruaje o corceles blancos se quedan los viajeros. Sin luna o estrellas aún no les queda más que pedir que los rescaten. Afortunadamente, en su camino, se han cruzado unos seres mágicos y alegres a quienes les mandamos muchos besos. Gracias por montarnos en su blanca furgoneta, con sus sonrisas y su calor nos hemos sentido más vivos. Victoria, Sofía, Bruno y Manuel les mandamos besos nuestros queridos duendes.

Trekker Town

Guardabosques: ¡Bienvenidos sean todos a nuestro parque Nacional “Los Glaciares”!

Diego: ¡No!, ¡Bu, despierta! Esto es como una pesadilla…

Amelia: ¿Qué pasa Bu? Estaba dormida, ¿ya llegamos?

Diego: Amor, te juro que no hay manera de que me cobren, yo no les voy a pagar otros 100 pesos argentinos. ¡Es que no puedo creer que no te avisen estos malditos! Seguro nos pasamos por estar dormidos. Ahora no sé qué vamos hacer… ¡LO QUE NOS FALTABA!

Amelia: Cálmate, déjame ir a preguntarle al chofer si nos pasamos.

Me acerco con el chofer medio adormilada, la verdad es que no tengo equilibrio y me duele la cabeza.

Amelia: Disculpe señor, ¿ya nos pasamos el Chaltén?

Chofer: No señorita, estamos a 5 minutos. Lo que pasa es que el pueblo está dentro del parque nacional.

Mi cara de sorpresa e infortunio no tenía nombre, ya ni hablaré de la de mi compañero. El problema, es que siempre que escuchamos las palabras “Parque Nacional”, alguien vestido chistoso termina cobrándonos 100 pesos por no ser argentinos y querer entrar. Como es de esperar, nuestras finanzas personales no pueden solventar semejante cosa.

Diego: No Bu, ¡te juro que no nos bajamos! No se vale que no te digan que te van a parar así no más y que te cobren.

Diego se sienta sin intención de moverse de su lugar. El chofer decide intervenir.

Chofer: No chicos, deben bajar. No se necesita dar plata ni nada, es sólo algo informativo.

Después de eso, nos bajamos en pijamas del camión. El lugar era un albergue para alpinistas. Inmediatamente noté un par de cosas. Primero, todos, absolutamente todos, tenían puestos unos tenis color caqui y unos pantalones sintéticos oscuros.
Diego para variar de jeans, playera y tenis. Yo de chimoltrufia con calcetas, botas, pijamas de los ositos cariñositos y mi chongo de piñata. El señor guardabosques nos veía hasta feo por semejante look. En fin, cosas peores estaban por venir. Casi me desmayo cuando ese hombrecito chistoso se pone a decirnos que hacer si te topas con un puma.

El pueblo es casi una broma, no hay nada que hacer. El hombrecito pasa unas hojas con “Actividades”. Con lo modorros que andábamos, tardamos tiempo en reaccionar. Minutos después descubro el hilo negro: NO HAY NADA QUE HACER EN ESTE PUBLO MÁS QUE TREKKING POR LAS MONTAÑAS.

Sí, no es coincidencia. Toda esta gente vestida así y mega emocionada, no vino como nosotros de paso… son trekkers, este es Trekker Town; aunque si prefieren llámenle el Chaltén.

Finalmente, debo decir que después de pasar un par de días entre ellos y haber acampado junto a sus carpas, he aprendido a respetar a esta subcultura fan de la naturaleza y el aire fresco. En verdad es una forma distinta de vivir; en lo personal creo que nos vendrán bien unos días en un lugar con un baño decente.

Tips: Para los curiosos que quieran saber qué hacer en caso de ver un puma lea a continuación.
1.- No se asuste, que no cunda el pánico.
2.- Siempre mírelo fijamente. Él no se acercará más y después dé la media vuelta y márchese.
3.- Si no se va, comience a arrojarle todo lo que encuentre: rocas, botellas de agua, zapatos, etc.
4.- Si de plano no se va… aviente a su compañero y que se lo coma a él primero. (Este mal chiste es cortesía del guardabosques)

El Fin del Mundo

Montañas que se abren en el horizonte que no se termina, detrás de nosotros se ha queda lo conocido, lo convencional. En medio del mar, donde ya no tenemos nada siento la libertad más fulminante. Sobre mi sólo tengo nubes que no conocen la diferencia entre el cielo y el mar, rebeldes como yeguas salvajes que no tienen dueño o un destino premeditado como es la verdad.

Colores que no tienen explicaciones. Azules nostálgicos y fríos, helados en la tierra de fuego que arden en medio de la furia de un creador misericordioso que ahora huye en un carruaje jalado por estrellas fugaces capaces de desaparecer.

En medio del mar, en medio de la nada, en el más grande amor, allí van los viajeros persiguiendo el infinito… Al fin del mundo; al punto más cercano a la Antártida, tierra jamás conquistada por el hombre. Misteriosa y arrogante vestida de blanco, saca el avasallante invierno de su manga colores de verano para vestir al cielo en su última visita a la bahía. Nosotros no decimos nada porque aún no conocemos las palabras que curen, que recopilen recuerdos, que reproduzcan momentos… olvidar es para los que aún duermen, para los que no son gaviotas en la playa.

Que el faro guíe a los que han estado perdidos, que sigan su luz y que encuentren el rumbo. Marinero más triste no hay que aquel que aún no sabe a donde se dirige su embarcación. Que encuentren esa isla de colores perdida en medio del océano donde descansa el atardecer más largo del mundo.

De donde el mar se fué

Paraíso desértico amurallado entre las rocas. Suelos de corales y espejos de agua que se alejan de nosotros que luchamos por alcanzar.

Arena hecha de caracoles, agujerados como mi alma, cementerio del miedo que me causan las alturas que aún no conquisto, la enormidad ajena a mí, la que me hace diminuta contra el océano.

Extraterrestres de nuestro propio planeta, embajadores del silencio y víctimas de la evolución siguen los viajeros su camino. Me aterra el final… la extinción, descubrir el origen de nuestra existencia bajo las rocas y luego comprender que es solo momentáneo.

Navegamos por donde no sea profundo, perder el horizonte y a veces la cabeza… Encontrar que mis ojos apenas despiertan al contacto con el mar que se aleja.

El agua nos abre paso para obsequiarnos la gruta donde nos protegemos del sol. Como hijos perdidos caminamos sobre las costillas de nuestro creador que dejó sus huellas en la arena para que lo sigamos. El cielo se vuelve un poco más nuestro, podemos perdernos, desaparecer, resguardarnos y nunca salir para que el mar vuelva y nos coma vivos.

Escarbo a prisa, la arena no me permite encontrar una salida. Las fosas de mi gruta no guardan secretos ni caminos. Quiero reconciliarme con ella, perdonarla por meterse donde nadie la llamó, pero hoy no tendré tiempo.

Volveremos a la bahía, a la vulgaridad de nuestros días. Dejo que él tome mi mano y no me permita mirar atrás, extrañar, olvidar el olor a sal para que cuando el mar regrese nada me haga falta.

Pingüineapolis

A la orilla del mirador donde los contemplo, los pingüinos se reúnen para nadar entre las cristalinas aguas del mar.

Adorables de una forma casi inexplicable. Alegres al iniciar el andar, al compás de un canto sonoro y profundo; apenas iniciando su vida despidiendo inocencia. Frente a ellos me siento completa, junto a la persona que quiero, el único para mí. Sé que somos pingüinos capaces de reencontrarnos a través del tiempo y nuestros viajes.

Un sueño de infancia hecho realidad, una añoranza latente que culmina con la realidad más pura y bella que trae consigo plenitud, el regreso… Perdonar el infantil abandono que me hizo suspirar al pensar donde quedaban esas tierras lejanas.

Ahora sé que soy una de ellos, marcho por un sendero desértico y llego al mar. Fiel compañera de uno solo, intrépida para emigrar a donde haya la promesa de un nuevo hogar.

Aún recuerdo esas noches durmiendo con mi pingüino de felpa. Después de varios años mi madre me informó cuando regresé de la escuela que él se había ido con su madre a la Patagonia… hoy sé que él está aquí cantando junto a los otros.

Alta Montaña

Ríos de arena que corren en busca de donde aparcar, adonde puedan escapar los recuerdos, a donde pueda encontrar el sol. Montañas carmín, amarillas, rosas, de colores; deslaves que acarrean sangre de inocentes. Desencuentro del tiempo que ha perdido su cronología y ha dejado que reescribamos su historia a nuestro ritmo, a nuestro ilógica idea de encontrarle sentido a lo que simplemente es bello.

Dejamos que el desierto nos guíe por sus caminos para mostrarnos sus rostros, nos eleva sin que dudemos de sus máscaras, de sus capas. La vegetación nos abandona a medida que seguimos, el viento sopla helado como si el infierno pudiera abrirse y congelar nuestras almas.

Sin palabras hemos quedado frente al más terrorífico de los sueños de Dante, glaciares sobrepuestos como corazones abiertos en medio del desierto. Tesoros custodiados por titanes y jaguares, que aguardan dormidos a que sea de nuevo tiempo, a que el hombre rete al gran Aconcagua para que ellos tomen venganza.

Bajo la mira de Dios, inscrito en latón, un juramente de paz entre dos naciones que comparten una frontera y varias batallas que ahora anidan entre las rocas los cuerpos de aquellos valientes que no mirarán más que los pies de aquel redentor.

A 4220 pies sobre el nivel del mar, la existencia parece poca cosa, la espera de que alguna vez nuestros cuerpos también sean rocas es una ilusión nostálgica de la creación.

Frágiles nosotros y las civilizaciones antiguas, los Incas que aún más sabios que nosotros, han desaparecido… fugitivos de este universo, sólo han dejado algunas pistas para que admiremos su amarilla grandeza. Pocas cosas he visto que sean así de perfectas, un puente que junta dos mundos, aguas que vienen con fuerza del centro de la tierra, capaces de curar dolencias y males.

Espero el momento de tomar el té con el incongruente desierto que aún desconozco, que me diga quién es, de donde vino… que me cuente sus fábulas, que me llame hija del Dios que mira desde las alturas de sus cumbres que el hombre no destruya su eterna hermandad con él.

Reflexiones de camión

Tiempo, instrumento diabólico; océano de perdición donde nos ahogamos esperando a que regrese la balsa a rescatarme.
Tiempo, obtuso y amargo a veces cuando no lo vemos escabullirse por el patio trasero y hace de las suyas con mis recuerdos y la basura.

Tiempo, insuficiente, medida poco precisa para la vida porque el jamás envejece y nosotros siempre morimos antes de que sea nuestro momento.

La hora 22 y sigo siendo víctima del insomnio que ahora me acompaña para que no me quede sola esperando la mañana y la central de camiones que me acerque más al destino que vengo persiguiendo.

Libre, imprudente, recolectores de alegrías… Queremos llegar. No queremos que el tiempo sea nuestro cruel verdugo, atados a horarios, a salidas, a suicidios prematuros del espíritu que no cabe dentro de la caja de cerillos donde lo guardan.

La hora 23, la 26, la 30… Intrascendente cuando lo que importa es el cuchillo con el que cortas la cabeza del becerro; quien pueda ser el mortero, el culpable de regar su sangre donde pueda cocinar sus entrañas.

Que llegue la hora, que llegue el destino, una locura a la cual aferrarse, como aquella palma que sigue de pie aún después de que le hayan arrancado el corazón.
Caminantes

Gran Aventura

El calor es agonizante. La humedad hace pesada la ropa, lo material, lo innecesario. Las chanclas le reniegan a Diego para que se las quite, el dolor que le han causado es inaguantable. Hemos caminado entre las profundidades de la selva unas cuatro horas siguiendo el sonido del agua que corre por este lugar que no fue hecho para ser habitado por el hombre.

Nos alejamos con destreza de las multitudes, todos intentando robarse un poco del paraíso, cunado algo así de majestuoso sólo puede absorberte. Uno de los guardias nos indica por donde bajar para ver lo que otros no se atreven porque no es parte del camino. Bajamos por un sendero casi oculto por la maleza donde las cigarras cantan.

La brisa golpea de forma sutil nuestros rostros, carisias divinas que vienen del cielo, besos de la naturaleza que aguarda en silencio para que los otros no la descubran. Ya no sabemos para donde mirar porque con cada paso el paisaje se vuelve más increíble…

Cada paso que doy trae consigo viejas memorias, ilusiones atesoradas en un baúl donde guardo mis sueños, la alegría de estar aquí después de 10 con nuevas metas, con una perspectiva distinta que me ha regalado la edad. Miro a Diego perderse entre la inmensidad de este lugar que no conoce el infinito, él se encargará de retratar este momento que es de nosotros.

Las rocas y la vegetación cambian a medida que nos acercamos al río. Un pequeño muelle nos espera con los chalecos salvavidas para subir al bote. Tengo algo de miedo, tomo su mano y la emoción se incrementa, estamos a unos segundo de acércanos a las cataratas.

No hay grandes instrucciones, lo único que se te pide es que lo disfrutes. El río es caudaloso e imponente. Cada salto que da la lancha, hace que nos baña el río con sus aguas y se me derritan los nervios. No tengo palabras para describir lo que siento, sólo dejo que el río nos lleve para sentir su furia, su belleza, su frescura.

Las cataratas nos empapan, nos bautizan con sus aguas y con ello cerramos nuestro pacto con este mágico lugar. Nos hemos enamorado, nos hemos vuelto locos, nos hemos bañado en estas aguas que traen consigo los secretos de la humanidad que no las comprende.

Seguimos… el río nos lleva entre sus aguas al caer el sol. Las islas vírgenes que se crean con los manglares son tierras prohibidas para nosotros. Las aves salen a saludar a los forasteros que abandonarán su hogar; ahora es su turno de disfrutar de este momento. Las piedras dejan ir su amargura y nos revelan sus sentimientos, pintan el agua y buscan nuevos sitios donde puedan comenzar de nuevo.

Bello, hermoso, inexplicable, mítico, maravilloso… aún las escucho caer, espero no olvidar… eso haría que esta memoria muriera y nosotros con ella.
Iguazu

Iguazú

Golondrinas extendiendo sus alas para brincar del infinito precipicio que no encuentra rumbo y mejor muere. Arcoíris que acarician su plumaje líquido con el tierno toque del sol, su cristalina mirada no deja lugar para las sombras y lo que ellas ocultan. Su sutil cantar se expande de forma inminente por el resto de la selva y ya no son lo que parecen, porque en realidad nunca fueron golondrinas.

Silbidos y gritos de desesperación aturden mis oídos aún jóvenes para esta vida silvestre; si supiera como abandonar mi cuerpo y saltar encontraría la libertad en medio de mi locura. Olvido las palabras y me pierdo entre sus brazos; nuestra piel comienza a mutar… un día más y nos convertiremos en reptiles.

En medio del seno de la creación, en un lugar capaz de engendrar vida, por fin tengo sentido. Encuentro a la única Eva corriendo por las aguas del Amazonas en busca de su Adán que por culpa de su previo destierro, descansa bajo las palmas del Plata. Se hacen el amor de la forma más pasional, más terrenal; tan estruendosa que escucho como aúllan los espíritus del bosque para celebrar la nueva vida.

No soy más el enemigo, he emancipado mi alma que ahora corre lejos de mí; vuela entre las golondrinas y luego se desintegra en millones de prismas. Soy hija de Dios, de mi madre, de la madre tierra… de una costilla antes que nada, de agua, de polvo, de carne.

Vuelen golondrinas, sigan cayendo del cielo, que el recelo no las detenga; mojen mi rostro que tendré los ojos cerrados cuando desaparezcan…