Navegando la Frontera

– Bu, ¿te acuerdas a que hora se supone que sale el camión?
– Creo que era a las 6, pero ahorita checo en los boletos.
– ok. Porque ya son las 5:45 y tenemos que ir a la plaza a que nos digan de donde salen los buses.

Con movimientos cansados y pocos coordinados saco los boletos de mi cartera. Tengo hambre y nuevamente estamos frente a la terrible posibilidad de volver a comer galletas. No digo nada y mejor sólo levanto mi mochila para ponerla sobre mi espalda; esa es la señal que Diego espera para hacer lo mismo y caminar de la mano.

Son sólo un par de cuadras, pero es difícil esquivar a las personas que están en medio de una revuelta. Curiosamente la banqueta está llena de personas con mochilas como las nuestras. Unos de malas y otros dando marometas para pasar el rato mientras lo que quedan discuten de forma acalorada.

– Seguro se trata de una festividad…

Yo asienta a la afirmación de Diego, pero en el fondo no estoy muy convencida. Cada vez que alguien ve pasar un vehículo se le echa encima y pide aventón de forma desesperada. Un tipo de plano casi se muere cuando salta hacia el cofre de una camioneta roja para que lo llevara. Nosotros no hicimos nada, los demás espectadores se encargaron de abuchear y perseguir al conductor que los dejó comiendo polvo.

Nos acercamos temerosos al local donde compramos nuestros boletos. Me pone nerviosa la actitud del señor encargado que no quiere responder preguntas y las caras de las personas angustiadas.

– Espérame aquí Diego, voy a ver qué pasa con el señor.
– Ok. ¿Crees que deba ir a comprar algo de comer? No se, como una pizza.
– ¡No Diego! Estás loco de moverte de aquí. Ya es la hora de irnos y no podemos esperarnos a ver si alcanza a estar lista la pizza. Mejor ve y compra lo de siempre unas galletas, un chocolate o algo así.
– Pues no me alcanza para mucho. A lo mejor debería de cambiar dinero.
– No vale la pena porque ya nos vamos a Perú. Creo que podemos sobrevivir con los 40 bolivianos que traemos.
– Ok. Me parece, tú ve a ver que está pasando.

Mitad morbo, mitad necesidad; abrirme paso entre la multitud para averiguar lo que ocurre es un placer culposo. Los gritos histéricos imprimen cierta dopamina que inhalo rápido, no quisiera desmallarme sin saber la verdadera razón de nuestra demora.

El local es pequeño y decorado de forma decadente que dan la impresión de vacío. Una perdida traducida en espacio que ahora es el cementerio de todas las mugrosas mochilas. Los resignados se conforman con recargarse contra la pared y dejan de emitir sonidos; no hay peor decepción o queja que el silencio.

El señor es tan grande y alto como un buen refrigerador alemán oxidado. Su cara maleada por la vida da miedo a los niños y a varias ancianas. Moteado y manchado como un perro sarnoso guarda el secreto bajo los brazos. Un hombre mitad bestia que mata a sus presas con la mirada deja que los ríos humanos detonen y desemboquen lejos de él o alguna explicación.

– Disculpe señor. ¿Por donde va a salir el camión a Cuzco?
– ¿Cuzco?
– Sí, Cuzco. El camión de las 6.
– Por el mar.

Creo que se ha vuelto loco este hombre. Se voltea y comienza a caminar en dirección al muelle.

– ¿Pero usted va a venir con nosotros o qué?
– Ya le dije que al mar. Lancha a Puno.
– Pero yo había comprado un camión.
– No, no camión. Lancha.

El señor se va y me deja hablando sola. Veo a Diego a lo lejos que viene de regreso de la tienda.

– ¡Apúrate que tenemos que irnos!
– ¿Ya va a salir el camión?
– No en realidad nos vamos a ir en lancha.
– ¿Cómo que lancha?
– No tengo forma de responderte esa pregunta, sólo sé que tenemos que ir detrás de ese señor.

Apunto al hombre mientras caminamos hacia él. No entendemos nada de lo que pasa y además de nosotros sólo nos acompañan otros 3 franceses que no paran de hojear su librito de Lonely Planet. Pobres ilusos que esperan encontrar algún tipo de apartado donde hablen sobre esto, con suerte y lo incluirán para la nueva edición que sacan para el 2012.

La lancha a la que estamos por subirnos es todavía peor a la que habíamos tomado para ir a la Isla del Sol; he visto cascarones de huevo con mejor posibilidad que esto.

– ¡Apúrense que no tenemos toda la tarde!

“Corremos” tanto como podemos, esta altura está matándonos. La lancha parece que no tarda en hundirse y sólo tiene otros 3 pasajeros además de nosotros. Nos sentamos junto a una señora y su hija. En la espera de saber mejor que ocurre decido ponerme a conversar con ella; no vaya a ser que esto sea una trampa para que nos quiten nuestros órganos.

– Buenas tardes señora. ¿Ustedes también van para Puno?
– Sí, nosotras somos peruanas y estamos intentando huir de este espantoso lugar. Este tipo de cosas son típicas en Bolivia, lo único que quiero es que lleguemos a la aduana antes de las 7 que van a cerrar.
– Disculpe, creo que me perdí de algo… la verdad no se a que se refiere con su comentario.
– ¿No han visto las noticias?
– No.
– Bueno, es que ha habido un paro de transporte. Han aumentado el precio de la gasolina en todo el país, pero no han subido los precios de los pasajes y la gente ha decidido no mover ni un dedo más.
– ¿Tiene idea de cuantos días estará así el país?
– No lo sé. Pueden ser hasta un par de semanas.
– ¿Cree que alcancemos a llegar a la aduana el día de hoy? Para nosotros es esencial estar hoy mismo en Perú. Si no, no podremos ir a Cuzco y Machu Pichu.
– Pues me encantaría decirte que sí, pero nosotras tenemos casi 40 minutos aquí sentadas y no nos vamos. Aparte no crea usted que estamos tan cerca. Este motor de esta mierda no va a soportar el peso de todos. Tenemos en total como 40 minutos para llegar allá y no voy a mentirle, queda aparte una caminata pesada que son aproximadamente 15 minutos colina arriba.

Tengo la boca abierta y el corazón destrozado. La señora no está enfadada de nada, estos son unos hijos de la guayaba. El hombre con su barriga gigante se pone a fumar junto al contenedor de gasolina, que les informo sólo es un frasco de platico hediondo. Vamos a morir de hambre o en medio de una explosión tan cerca de la frontera y en medio del río Titicaca.

La paciencia se terminó el chocolate y el chocolate se terminó el intestino pequeño que ahora voy a vomitar. No parece que vayamos a irnos nunca y ya sólo quedan 30 minutos.

– Señor, ¡O hace algo o le juro por Dios que me voy a poner a remar yo misma la lancha!
– No podemos hacer nada más que esperar. Ha habido un problema y tenemos que aguaradr a que vengan las otras personas.
– ¡Por el amor de Dios! ¿de qué otras personas está hablando?, ¡Aquí apenas y cabemos lo que estamos! ¡YA VAMONOS!
– A mí no me habla así, entienda que yo no decido estas cosas. No han de tardar estas 25 personas más.

Cuando estaba por morderme la lengua del coraje veo como vienen hacia nosotros esas 25 personas. Creo que el hombre esta mareado por culpa de la altura y no entiende lo que está haciendo, porque a menos de que su plan sea ahogarnos no sé en donde piensa ponerlos.

– ¡Ya súbanse, que estuvo suave andarlos esperando! y no olviden tener sus 10 pesos a la mano que esto no es gratis. De una vez les digo que quien no quiera pagarlos no me haga enojar y mejor sólo vallase. Si no les parece justo pues váyanse a quejar con su mamá que aquí no tenemos tiempo de esas cosas.

Esa última parte desalentó a varios a regresarse, es suficiente esta robadera. Creo que pagué bastante dinero como para que no incluyera esta lancha.

Diego me pide que no diga nada, el señor parece poco educado por no decir cosas peores sobre él. La lancha arranca con 27 personas más mochilas encima. Suena como si la pobre tuviera un caso severo de bronquitis.

Disfrutamos del atardecer abrazados en estas tierras exóticas. Dejamos atrás una Bolivia que se despinta sobre el lago y deja que el sol se queme sobre sus aguas. Cambia de nombre y ruta, de rostro y nos seduce Perú mientras juega con sus dedos a jalar el gatillo de esta bomba de tiempo.

Estamos por llegar al muelle cuando de la nada se escucha como se termina la gasolina. Una gaviota se hizo encima de la cubierta y ahora Dios se ríe de forma estruendosa de nosotros. Por suerte traía un palo de bamboo gigante con el que nos ayudamos para llegar hasta la otra lancha amarrada al muelle. El hombre salta desbalanceando nuestra barca y comienza a gritar como uno de los personajes en corazón salvaje. Me quedo petrificada del terror, estamos a expensas de la oscuridad y el poco brillo que queda se refleja en los ojos de mi amado quien ahora brinca para abandonar el barco.

– ¡Tienes que saltar ahora!
– Pero como quieres que haga eso, la mochila pesa demasiado.
– No pienses las cosas dos veces, tienes que saltar. Yo te voy a agarrar, te juro que no te voy a dejar caer.
– ¡NO PUEDO!
– Tienes que poder amor, quedan sólo 10 minutos para ir a la aduana.

Es increíble de donde saca uno el valor para brincar, para hacer cosas que jamás creyó posibles, para afrontar el peligro y volar. Usamos la lancha como puente para luego caer en el lodo que no se ve por lo oscuro que está. Nuestros inmundos zapatos ni los vagos los quieren.

Como podemos sacamos las linternas de la mochila y alumbramos el camino que no es nada prometedor. Es difícil mantener el aliento a cuatro mil pies de altura, sin mencionar la mochila. Diego me tiene agarrada mientras corremos de tal forma que parece que entre él y el viento se encargan de mi cuerpo.

Los demás se quedan atrás y pierden el aliento mientras nosotros caminamos con el corazón en las manos. Quedan 5 minutos, sólo cinco y apenas veo borrosa la luz de la oficina. Me las ingenio para sacar los pasaportes y tener todo listo cuando entremos con los policías.

Literalmente nos caemos sobre la mesa con los pasaportes abiertos en la página que nos sella. Fuimos los últimos esa noche, los pobres mexicanos que estaban empeñados en cruzar al Perú. Valió la pena, todo sin descontar un solo segundo de esta travesía. Somos caminantes, pasajeros de trasporte colectivo, temerarios escaladores, nadadores profesionales, piratas, soñadores, inmigrantes mugrosos, mochileros…

Donde Muera el Árbol de Piedra

Levantar la casa de campaña mojada resulta ser más sencillo que ocultar la ansiedad por lo desconocido. Se supone que alguien vendrá a recogernos en unos minutos pero no tenemos idea de quien será y los sleepings están ensopados.

No tenemos tiempo de desayunar ni de acomodar nuestros pensamientos, estamos yendo en automático y para ser franca con un poco de miedo de sentirnos mal por culpa de la altura. Diego decide usar traje de baño y una playera para poder estar más cómodo; yo me quedo con lo que traía puesto el día anterior.

– Disculpe que los interrumpa, pero… ¿son Diego y Amelia?

La pregunta nos desconcierta y tardamos en reaccionar, no es hasta que vemos una van blanca irse que nos damos cuenta de que es nuestro tour.

Nos subimos lo más rápido que podemos, el chofer ya está molesto y el resto de la gente nos mira como si por nuestro retraso se fueran a secar las lagunas. Tristemente confieso que no creo que hagamos muchos amigos el día de hoy.

Al llegar a la frontera con Bolivia las cosas no se aligeran. Llenar y repartir boletas es todo lo que se hace. No hay ningún tipo de organización o sistema, así que todo toma mucho más tiempo del estimado.

Mis ojos no ven la línea que separa Chile de Bolivia; pero la diferencia es inminente; quizá sólo la entenderían si estuvieran mirando junto a nosotros. El desierto se queda de este lado al que renunciamos por elección y nos adentramos en la nieve que nos guiará por tierras salvajes.

Tan desafortunado como nosotros descansa la primera pieza de mí rompecabezas; se trata de un autobús abandonado que secretamente he estado buscando toda mi vida. No puedo creerlo, verlo materializado aquí, al comienzo del sendero más duro que hemos de recorrer si queremos presenciar una verdadera maravilla… no puedo evitarlo, me recuerda una película: Into the Wild… véanla, entenderán mejor a lo que me refiero.

Lo observamos juntos por un rato. La gente comienza hacer grupos para subirse a los jeeps y a nosotros sólo nos ven raro porque somos, como siempre, los únicos sin equipo o zapatos apropiados para la actividad.

Intentamos incorporarnos, pero ahora el chofer boliviano no nos lo permite. Él asegura que la agencia sólo le envió 15 personas, cuando en realidad somos 17. Como no tengo ningún derecho de criticar ninguna cultura, no entraré en detalles acerca de la discusión más sin sentido en la que he estado, un claro ejemplo del fracaso de la comunicación global en estos tiempos modernos. Supongo que somos demasiado tercos como para rectificar nuestro error o hemos perdido la paciencia. Finalmente, después de 30 minutos de malas caras y groserías nos subimos en el último jeep para irnos.

Olvidamos la facultad de hablar, en esta altura es mejor hacer un voto de silencio. Creo que es para escuchar las palabras de Pachamama que se está quedando afónica.

Mujer sabia que es, ha escogido tres bellos colores para sus lagunas. Verde, para que la envidia que le tienen los reptiles a los pájaros se termine. Blanca, para que sepan que murió virgen para consagrar esa tierra de Dioses. Colorada, para que le de vergüenza al hombre corromper este ecosistema donde sólo debían vivir los flamencos.

Los volcanes son sus trompetas que cantan con notas graves el himno de la destrucción. Fénixes que prometen sobrevolar la tierra para fertilizar sus suelos y ayudar a borrar los caminos para que nadie regrese, son de vapor y luego invisibles. No paro de pensar como me hubiera gustado escuchar más leyendas cuando niña; la realidad aquí no tiene sentido así que tengo que regresar a una posición fetal para comprender esta belleza. Me dice el guía que por eso no me queda otra opción más que ir en busca del árbol de piedra, así podré desaparecer como él en medio del desierto de Dalí.

Que me hablen de olvido, envejecer sin haber amado en realidad, sin haber obtenido los colores que enseñan a madurar. No me sabe explicar nada sobre la vida o la muerte, nadie le enseñó a morir a ese pobre árbol de piedra.

Comienzo a extrañar el sonido del tumulto en las calles, el sucio sabor del aire en mi cara, la meca de la anti civilización. El movimiento del conocimiento de los pseudo sabios y la acogedora ignorancia del restante pueblo programado para andar sin rumbo de sol a sol.

Extraño la decadencia de donde crecí, ese sentimiento que me hace recordar que a diferencia del árbol de piedra, yo moriré junto a mis ideales, mis manías, mi caos.

Me han hecho daño estos sentimientos; ahora me duele el estómago. Me compadezco de ese pobre que en verdad va a caerse en un par de años y todos los que lo visitan en silencio piden que lo haga frente a ellos.

A las 6 de la tarde se oscurece por completo el desierto, así que tenemos que apurarnos si no queremos perdernos y morir en el frío. No hay tiempo de llegar a algún poblado, pasaremos la noche en un refugio sin electricidad o agua caliente. Mis pensamientos se escuchan entre ellos y discuten mientras vamos contando estrellas; mañana habrá que madrugar para poder ir al Salar.

¿Dónde te encuentras escondida belleza mundial? ¡¿Dónde?! Necesito verte, encontrarte. He pasado por tundras, desiertos, lagunas, hemos caminado perdidos en la espera de conocerte. Hoy pasaremos frío y hambre, dormiremos en penumbras imaginando como eres.

Flotando sobre Lapislázuli

Soñé que cruzamos la frontera como si no tuviera dueño, como si antes no hubiera hombres en estas tierras australes sólo una manada de caballos salvajes. Mentiras que me encantaría contarles a los que aún desconozcan la naturaleza del poder y la ineficiente burocracia que hace de las suyas para dividir en vez de unirnos.

Con un clima soberbio y bipolar, llegamos a tierras chilenas que debo admitir trajeron nostalgia por la patria querida. Algo hay en este aire que trae consigo la alegría de una cultura hermana que pasea por la plaza y vende de todo en el mercado. Gente servicial y platicadora, castañuelas que pululan por las calles con motivación en los ojos para progresar.

Frutas del mar de los colores más exóticos para traer nuevos sabores al paladar, el olor a sal que tienen los puertos que por las noches se vuelven luces de feria y comida de puestos.

Cruzamos a la isla de Chiloé para ver las casas que flotan sobre un mar de lapislázuli, que reflejan sus animados colores y las marcas del tiempo que no siempre nos cuentan historias alegres. Moradas, rojas, naranjas, azules, amarillas; palafitos suspendidos en el aire que no tiene intención de llevarse lo que corre sobre el río. Su contraste con el verde vivo de una densa vegetación que no deja espacios en blanco y corazones sin rosas; las palabras no me alcanzan para describir las maravillas de estas tierras nuevas para mis ojos.

Ansiosos por descubrir nuevas cosas, guardamos de nuevo todo en la mochila. Supongo que ya he dejado olvidadas un par de cosas porque me pesa menos; o será la vida que ahora sé cómo tomarla más a la ligera. He aprendido cosas nuevas; espero salten por si solas de los renglones sin necesidad de que yo con mi obviedad se las digas. Menos mal Diego decidió venir, no sé quién más hubiera podido retratar la verdad que a veces redescubro cuando veo esas imágenes y me hablan de nuevo.

Nos vamos. Quiero más ceviche antes de irme, otro atardecer color melocotón, otro día para que no se termine esta fantasía.

Bariloche encantado

Habiendo dejado el reino del que provienen, una princesa rebelde y un intrépido príncipe de vainilla se fueron a buscar tierras lejanas donde se fabrica la libertad. Sin las comodidades de la vida moderna, cargando sólo con mochilas y una aventura bajo el brazo, los viajeros llegaron a un bosque encantado que queda cerca del cielo. Anduvieron por horas cuesta arriba en busca de su hermano el sol, enamorado de estas tierras lejanas, que con sus rayos acaricia los 7 lagos durante el dulce verano.

Dejaron escapar el tiempo, antiguo enemigo que hoy desconocen. El polvo se vuelve traslucido y ensucia sus zapatillas que no quieren volver… Morir, como las hojas que caen de los árboles para florecer la próxima primavera donde les hagan falta los viajeros a este bosque encantado.

Anduvieron sin sendero, bello desencuentro del camino que se reinventa para llegar a la cima. Árboles naranjas sin flores que les roben los colores. Troncos hechos de plata que se esconden entre un bosque cambiante donde duermen pacientes los duendes.

El atardecer encuentra a los viajeros justo antes de eclipsarse contra las montañas que separan los lagos del horizonte. Los príncipes no anticipan la noche que puede alcanzarlos a las faldas del cerro. La vegetación se transforma haciéndose tétrica y oscura, lo que antes fue lindo comienza a ser tenebroso.

Sin carruaje o corceles blancos se quedan los viajeros. Sin luna o estrellas aún no les queda más que pedir que los rescaten. Afortunadamente, en su camino, se han cruzado unos seres mágicos y alegres a quienes les mandamos muchos besos. Gracias por montarnos en su blanca furgoneta, con sus sonrisas y su calor nos hemos sentido más vivos. Victoria, Sofía, Bruno y Manuel les mandamos besos nuestros queridos duendes.

Trekker Town

Guardabosques: ¡Bienvenidos sean todos a nuestro parque Nacional “Los Glaciares”!

Diego: ¡No!, ¡Bu, despierta! Esto es como una pesadilla…

Amelia: ¿Qué pasa Bu? Estaba dormida, ¿ya llegamos?

Diego: Amor, te juro que no hay manera de que me cobren, yo no les voy a pagar otros 100 pesos argentinos. ¡Es que no puedo creer que no te avisen estos malditos! Seguro nos pasamos por estar dormidos. Ahora no sé qué vamos hacer… ¡LO QUE NOS FALTABA!

Amelia: Cálmate, déjame ir a preguntarle al chofer si nos pasamos.

Me acerco con el chofer medio adormilada, la verdad es que no tengo equilibrio y me duele la cabeza.

Amelia: Disculpe señor, ¿ya nos pasamos el Chaltén?

Chofer: No señorita, estamos a 5 minutos. Lo que pasa es que el pueblo está dentro del parque nacional.

Mi cara de sorpresa e infortunio no tenía nombre, ya ni hablaré de la de mi compañero. El problema, es que siempre que escuchamos las palabras “Parque Nacional”, alguien vestido chistoso termina cobrándonos 100 pesos por no ser argentinos y querer entrar. Como es de esperar, nuestras finanzas personales no pueden solventar semejante cosa.

Diego: No Bu, ¡te juro que no nos bajamos! No se vale que no te digan que te van a parar así no más y que te cobren.

Diego se sienta sin intención de moverse de su lugar. El chofer decide intervenir.

Chofer: No chicos, deben bajar. No se necesita dar plata ni nada, es sólo algo informativo.

Después de eso, nos bajamos en pijamas del camión. El lugar era un albergue para alpinistas. Inmediatamente noté un par de cosas. Primero, todos, absolutamente todos, tenían puestos unos tenis color caqui y unos pantalones sintéticos oscuros.
Diego para variar de jeans, playera y tenis. Yo de chimoltrufia con calcetas, botas, pijamas de los ositos cariñositos y mi chongo de piñata. El señor guardabosques nos veía hasta feo por semejante look. En fin, cosas peores estaban por venir. Casi me desmayo cuando ese hombrecito chistoso se pone a decirnos que hacer si te topas con un puma.

El pueblo es casi una broma, no hay nada que hacer. El hombrecito pasa unas hojas con “Actividades”. Con lo modorros que andábamos, tardamos tiempo en reaccionar. Minutos después descubro el hilo negro: NO HAY NADA QUE HACER EN ESTE PUBLO MÁS QUE TREKKING POR LAS MONTAÑAS.

Sí, no es coincidencia. Toda esta gente vestida así y mega emocionada, no vino como nosotros de paso… son trekkers, este es Trekker Town; aunque si prefieren llámenle el Chaltén.

Finalmente, debo decir que después de pasar un par de días entre ellos y haber acampado junto a sus carpas, he aprendido a respetar a esta subcultura fan de la naturaleza y el aire fresco. En verdad es una forma distinta de vivir; en lo personal creo que nos vendrán bien unos días en un lugar con un baño decente.

Tips: Para los curiosos que quieran saber qué hacer en caso de ver un puma lea a continuación.
1.- No se asuste, que no cunda el pánico.
2.- Siempre mírelo fijamente. Él no se acercará más y después dé la media vuelta y márchese.
3.- Si no se va, comience a arrojarle todo lo que encuentre: rocas, botellas de agua, zapatos, etc.
4.- Si de plano no se va… aviente a su compañero y que se lo coma a él primero. (Este mal chiste es cortesía del guardabosques)

Caminando sobre Glaciares

A veces oímos que personas hacen cosas increíbles. Dicen que Moisés abrió el mar para que la gente pudiera cruzarlo. Luego vienen los superhéroes que con sus poderes y sus malos clichés, quieren asemejar a una entidad intermedie entre Dios y el hombre. No sé, siempre este tipo de cosas me parecieron inalcanzables: volar, nadar en las profundidades, apagar fuegos, escalar montañas… cualquier cosa que relacione peligro y aventura; siempre he sido una mujer que prefiere el shopping convencional y las grandes ciudades.

Bueno, creo que todos tenemos que darnos una segunda oportunidad con respecto a nuestros miedos y a nuestras limitaciones. Si no fuera así, nunca hubiera caminado sobre glaciares.

La verdad es que antes de pagar la expedición no pensé mucho las cosas. Creo que la ignorancia y la falta de información no me dejó otra opción más que decir que sí. A la mañana siguiente, el camión vino por nosotros puntuales a las 7am. Como era de esperarse no teníamos ropa adecuada y si no es porque mi madre insistió al menos botas traía. Diego no corrió con la misma suerte, el pobre se fue con sus tenis de siempre, que cabe señalar ya están para llorar.

El pánico comenzó cuando vi a todos los demás preparados hasta los dientes con utensilios especiales, gafas, zapatos y ropa de expertos. Juro que mi instinto era salir corriendo y rogar para que me rembolsaran mi dinero porque esto era algo que no podría hacer. Lo peor fue cuando de plano me pasaron una ficha médica y me preguntaron miles de cosas. Que te pidan tu número de póliza nunca es buena señal y menos que te hagan firmar al final de la forma. Lo primero que pensé es que me iba a morir en un deshielo.

Perder la vida, desfigurarme la cara, caerme y perder la facultad de caminar; cosas por el estilo pensaba a medida que nos acercábamos al parque nacional, donde aparte tuvieron el descaro de cobrarme otros 100 pesos argentinos. Me sentí humana, de carne y hueso, una mortal que tenía algo importante que perder; más sin embargo tenía demasiada curiosidad por esas montañas blancas que han estado antes que nuestra propia civilización.

Llegamos. Nos ponen como pueden los crampones con los que nos sostendríamos sobre el hielo, son como colmillos de lobo para aferrarnos a la superficie. Fantasmagórico, espeluznante, místico… la nieve toma vida y crea formas en sus heladas grutas donde ya no puedo tener miedo; estamos subiendo la montaña y ahora ya no podemos irnos sin conquistarla.

El terror que llegué a sentir se trasformó en éxtasis. Esas tierras blancas brillaban como castillos de cristal. Su furia se escuchaba lejana y temeraria; una herida profunda en el corazón del glaciar. Llagas azules eléctrico dentro del milenario pecho de este ser inerte, pero vivo.

Camino sobre él y no puedo creerlo. Soy feliz y libre como siempre soñé; ya no tenía miedo y por un momento fugaz me sentí invencible. Allí estábamos, en un lugar donde el hombre se fusiona con la naturaleza, en un lugar recóndito del que no se tiene recuerdo.

Magnífico, imponente, maravilloso, único, especial… inolvidable y más real de lo que he sido muchas veces en mi vida, porque no es sólo estar allí frente a una maravilla hecha por Dios, es vencer el miedo y enfrentarte a él con la mejor cara que tengamos.

Tip: lleva a alguien a quien puedas agarrar de la mano en la bajada (de preferencia a tu amor, puede ponerse medio feo) y COMIDA, aún no venden galletas en las alturas.

El Fin del Mundo

Montañas que se abren en el horizonte que no se termina, detrás de nosotros se ha queda lo conocido, lo convencional. En medio del mar, donde ya no tenemos nada siento la libertad más fulminante. Sobre mi sólo tengo nubes que no conocen la diferencia entre el cielo y el mar, rebeldes como yeguas salvajes que no tienen dueño o un destino premeditado como es la verdad.

Colores que no tienen explicaciones. Azules nostálgicos y fríos, helados en la tierra de fuego que arden en medio de la furia de un creador misericordioso que ahora huye en un carruaje jalado por estrellas fugaces capaces de desaparecer.

En medio del mar, en medio de la nada, en el más grande amor, allí van los viajeros persiguiendo el infinito… Al fin del mundo; al punto más cercano a la Antártida, tierra jamás conquistada por el hombre. Misteriosa y arrogante vestida de blanco, saca el avasallante invierno de su manga colores de verano para vestir al cielo en su última visita a la bahía. Nosotros no decimos nada porque aún no conocemos las palabras que curen, que recopilen recuerdos, que reproduzcan momentos… olvidar es para los que aún duermen, para los que no son gaviotas en la playa.

Que el faro guíe a los que han estado perdidos, que sigan su luz y que encuentren el rumbo. Marinero más triste no hay que aquel que aún no sabe a donde se dirige su embarcación. Que encuentren esa isla de colores perdida en medio del océano donde descansa el atardecer más largo del mundo.

La cumbre

El fin del mundo, el comienzo de otro. Bifurcaciones en el largo camino que hay que andar para llegar a él. Dos naciones que han llenado de nada y nostalgias los fríos paisajes donde pastan las ovejas olvidadas por Dios.

30 horas de camión y más de dos milenios para seguir entre problemas de política y espíritu pero aquí estamos; tan cerca del fin del mundo que no se termina, sólo continúa.

Ramas que se entrelazan en un sendero. Troncos con corazón de fuego adornando la subida al punto más alto del cielo. Seguimos la cuenca del río que me habla al oído, congelada sobre la montaña, espera un verano que despierte su grandeza. Entre el hielo y la cima del mundo me siento invencible, inmortal, sin cadenas, sin miedos.

De donde el mar se fué

Paraíso desértico amurallado entre las rocas. Suelos de corales y espejos de agua que se alejan de nosotros que luchamos por alcanzar.

Arena hecha de caracoles, agujerados como mi alma, cementerio del miedo que me causan las alturas que aún no conquisto, la enormidad ajena a mí, la que me hace diminuta contra el océano.

Extraterrestres de nuestro propio planeta, embajadores del silencio y víctimas de la evolución siguen los viajeros su camino. Me aterra el final… la extinción, descubrir el origen de nuestra existencia bajo las rocas y luego comprender que es solo momentáneo.

Navegamos por donde no sea profundo, perder el horizonte y a veces la cabeza… Encontrar que mis ojos apenas despiertan al contacto con el mar que se aleja.

El agua nos abre paso para obsequiarnos la gruta donde nos protegemos del sol. Como hijos perdidos caminamos sobre las costillas de nuestro creador que dejó sus huellas en la arena para que lo sigamos. El cielo se vuelve un poco más nuestro, podemos perdernos, desaparecer, resguardarnos y nunca salir para que el mar vuelva y nos coma vivos.

Escarbo a prisa, la arena no me permite encontrar una salida. Las fosas de mi gruta no guardan secretos ni caminos. Quiero reconciliarme con ella, perdonarla por meterse donde nadie la llamó, pero hoy no tendré tiempo.

Volveremos a la bahía, a la vulgaridad de nuestros días. Dejo que él tome mi mano y no me permita mirar atrás, extrañar, olvidar el olor a sal para que cuando el mar regrese nada me haga falta.

Pingüineapolis

A la orilla del mirador donde los contemplo, los pingüinos se reúnen para nadar entre las cristalinas aguas del mar.

Adorables de una forma casi inexplicable. Alegres al iniciar el andar, al compás de un canto sonoro y profundo; apenas iniciando su vida despidiendo inocencia. Frente a ellos me siento completa, junto a la persona que quiero, el único para mí. Sé que somos pingüinos capaces de reencontrarnos a través del tiempo y nuestros viajes.

Un sueño de infancia hecho realidad, una añoranza latente que culmina con la realidad más pura y bella que trae consigo plenitud, el regreso… Perdonar el infantil abandono que me hizo suspirar al pensar donde quedaban esas tierras lejanas.

Ahora sé que soy una de ellos, marcho por un sendero desértico y llego al mar. Fiel compañera de uno solo, intrépida para emigrar a donde haya la promesa de un nuevo hogar.

Aún recuerdo esas noches durmiendo con mi pingüino de felpa. Después de varios años mi madre me informó cuando regresé de la escuela que él se había ido con su madre a la Patagonia… hoy sé que él está aquí cantando junto a los otros.