Caminando sobre Glaciares

A veces oímos que personas hacen cosas increíbles. Dicen que Moisés abrió el mar para que la gente pudiera cruzarlo. Luego vienen los superhéroes que con sus poderes y sus malos clichés, quieren asemejar a una entidad intermedie entre Dios y el hombre. No sé, siempre este tipo de cosas me parecieron inalcanzables: volar, nadar en las profundidades, apagar fuegos, escalar montañas… cualquier cosa que relacione peligro y aventura; siempre he sido una mujer que prefiere el shopping convencional y las grandes ciudades.

Bueno, creo que todos tenemos que darnos una segunda oportunidad con respecto a nuestros miedos y a nuestras limitaciones. Si no fuera así, nunca hubiera caminado sobre glaciares.

La verdad es que antes de pagar la expedición no pensé mucho las cosas. Creo que la ignorancia y la falta de información no me dejó otra opción más que decir que sí. A la mañana siguiente, el camión vino por nosotros puntuales a las 7am. Como era de esperarse no teníamos ropa adecuada y si no es porque mi madre insistió al menos botas traía. Diego no corrió con la misma suerte, el pobre se fue con sus tenis de siempre, que cabe señalar ya están para llorar.

El pánico comenzó cuando vi a todos los demás preparados hasta los dientes con utensilios especiales, gafas, zapatos y ropa de expertos. Juro que mi instinto era salir corriendo y rogar para que me rembolsaran mi dinero porque esto era algo que no podría hacer. Lo peor fue cuando de plano me pasaron una ficha médica y me preguntaron miles de cosas. Que te pidan tu número de póliza nunca es buena señal y menos que te hagan firmar al final de la forma. Lo primero que pensé es que me iba a morir en un deshielo.

Perder la vida, desfigurarme la cara, caerme y perder la facultad de caminar; cosas por el estilo pensaba a medida que nos acercábamos al parque nacional, donde aparte tuvieron el descaro de cobrarme otros 100 pesos argentinos. Me sentí humana, de carne y hueso, una mortal que tenía algo importante que perder; más sin embargo tenía demasiada curiosidad por esas montañas blancas que han estado antes que nuestra propia civilización.

Llegamos. Nos ponen como pueden los crampones con los que nos sostendríamos sobre el hielo, son como colmillos de lobo para aferrarnos a la superficie. Fantasmagórico, espeluznante, místico… la nieve toma vida y crea formas en sus heladas grutas donde ya no puedo tener miedo; estamos subiendo la montaña y ahora ya no podemos irnos sin conquistarla.

El terror que llegué a sentir se trasformó en éxtasis. Esas tierras blancas brillaban como castillos de cristal. Su furia se escuchaba lejana y temeraria; una herida profunda en el corazón del glaciar. Llagas azules eléctrico dentro del milenario pecho de este ser inerte, pero vivo.

Camino sobre él y no puedo creerlo. Soy feliz y libre como siempre soñé; ya no tenía miedo y por un momento fugaz me sentí invencible. Allí estábamos, en un lugar donde el hombre se fusiona con la naturaleza, en un lugar recóndito del que no se tiene recuerdo.

Magnífico, imponente, maravilloso, único, especial… inolvidable y más real de lo que he sido muchas veces en mi vida, porque no es sólo estar allí frente a una maravilla hecha por Dios, es vencer el miedo y enfrentarte a él con la mejor cara que tengamos.

Tip: lleva a alguien a quien puedas agarrar de la mano en la bajada (de preferencia a tu amor, puede ponerse medio feo) y COMIDA, aún no venden galletas en las alturas.