Donde Muera el Árbol de Piedra

Levantar la casa de campaña mojada resulta ser más sencillo que ocultar la ansiedad por lo desconocido. Se supone que alguien vendrá a recogernos en unos minutos pero no tenemos idea de quien será y los sleepings están ensopados.

No tenemos tiempo de desayunar ni de acomodar nuestros pensamientos, estamos yendo en automático y para ser franca con un poco de miedo de sentirnos mal por culpa de la altura. Diego decide usar traje de baño y una playera para poder estar más cómodo; yo me quedo con lo que traía puesto el día anterior.

– Disculpe que los interrumpa, pero… ¿son Diego y Amelia?

La pregunta nos desconcierta y tardamos en reaccionar, no es hasta que vemos una van blanca irse que nos damos cuenta de que es nuestro tour.

Nos subimos lo más rápido que podemos, el chofer ya está molesto y el resto de la gente nos mira como si por nuestro retraso se fueran a secar las lagunas. Tristemente confieso que no creo que hagamos muchos amigos el día de hoy.

Al llegar a la frontera con Bolivia las cosas no se aligeran. Llenar y repartir boletas es todo lo que se hace. No hay ningún tipo de organización o sistema, así que todo toma mucho más tiempo del estimado.

Mis ojos no ven la línea que separa Chile de Bolivia; pero la diferencia es inminente; quizá sólo la entenderían si estuvieran mirando junto a nosotros. El desierto se queda de este lado al que renunciamos por elección y nos adentramos en la nieve que nos guiará por tierras salvajes.

Tan desafortunado como nosotros descansa la primera pieza de mí rompecabezas; se trata de un autobús abandonado que secretamente he estado buscando toda mi vida. No puedo creerlo, verlo materializado aquí, al comienzo del sendero más duro que hemos de recorrer si queremos presenciar una verdadera maravilla… no puedo evitarlo, me recuerda una película: Into the Wild… véanla, entenderán mejor a lo que me refiero.

Lo observamos juntos por un rato. La gente comienza hacer grupos para subirse a los jeeps y a nosotros sólo nos ven raro porque somos, como siempre, los únicos sin equipo o zapatos apropiados para la actividad.

Intentamos incorporarnos, pero ahora el chofer boliviano no nos lo permite. Él asegura que la agencia sólo le envió 15 personas, cuando en realidad somos 17. Como no tengo ningún derecho de criticar ninguna cultura, no entraré en detalles acerca de la discusión más sin sentido en la que he estado, un claro ejemplo del fracaso de la comunicación global en estos tiempos modernos. Supongo que somos demasiado tercos como para rectificar nuestro error o hemos perdido la paciencia. Finalmente, después de 30 minutos de malas caras y groserías nos subimos en el último jeep para irnos.

Olvidamos la facultad de hablar, en esta altura es mejor hacer un voto de silencio. Creo que es para escuchar las palabras de Pachamama que se está quedando afónica.

Mujer sabia que es, ha escogido tres bellos colores para sus lagunas. Verde, para que la envidia que le tienen los reptiles a los pájaros se termine. Blanca, para que sepan que murió virgen para consagrar esa tierra de Dioses. Colorada, para que le de vergüenza al hombre corromper este ecosistema donde sólo debían vivir los flamencos.

Los volcanes son sus trompetas que cantan con notas graves el himno de la destrucción. Fénixes que prometen sobrevolar la tierra para fertilizar sus suelos y ayudar a borrar los caminos para que nadie regrese, son de vapor y luego invisibles. No paro de pensar como me hubiera gustado escuchar más leyendas cuando niña; la realidad aquí no tiene sentido así que tengo que regresar a una posición fetal para comprender esta belleza. Me dice el guía que por eso no me queda otra opción más que ir en busca del árbol de piedra, así podré desaparecer como él en medio del desierto de Dalí.

Que me hablen de olvido, envejecer sin haber amado en realidad, sin haber obtenido los colores que enseñan a madurar. No me sabe explicar nada sobre la vida o la muerte, nadie le enseñó a morir a ese pobre árbol de piedra.

Comienzo a extrañar el sonido del tumulto en las calles, el sucio sabor del aire en mi cara, la meca de la anti civilización. El movimiento del conocimiento de los pseudo sabios y la acogedora ignorancia del restante pueblo programado para andar sin rumbo de sol a sol.

Extraño la decadencia de donde crecí, ese sentimiento que me hace recordar que a diferencia del árbol de piedra, yo moriré junto a mis ideales, mis manías, mi caos.

Me han hecho daño estos sentimientos; ahora me duele el estómago. Me compadezco de ese pobre que en verdad va a caerse en un par de años y todos los que lo visitan en silencio piden que lo haga frente a ellos.

A las 6 de la tarde se oscurece por completo el desierto, así que tenemos que apurarnos si no queremos perdernos y morir en el frío. No hay tiempo de llegar a algún poblado, pasaremos la noche en un refugio sin electricidad o agua caliente. Mis pensamientos se escuchan entre ellos y discuten mientras vamos contando estrellas; mañana habrá que madrugar para poder ir al Salar.

¿Dónde te encuentras escondida belleza mundial? ¡¿Dónde?! Necesito verte, encontrarte. He pasado por tundras, desiertos, lagunas, hemos caminado perdidos en la espera de conocerte. Hoy pasaremos frío y hambre, dormiremos en penumbras imaginando como eres.

Flotando sobre Lapislázuli

Soñé que cruzamos la frontera como si no tuviera dueño, como si antes no hubiera hombres en estas tierras australes sólo una manada de caballos salvajes. Mentiras que me encantaría contarles a los que aún desconozcan la naturaleza del poder y la ineficiente burocracia que hace de las suyas para dividir en vez de unirnos.

Con un clima soberbio y bipolar, llegamos a tierras chilenas que debo admitir trajeron nostalgia por la patria querida. Algo hay en este aire que trae consigo la alegría de una cultura hermana que pasea por la plaza y vende de todo en el mercado. Gente servicial y platicadora, castañuelas que pululan por las calles con motivación en los ojos para progresar.

Frutas del mar de los colores más exóticos para traer nuevos sabores al paladar, el olor a sal que tienen los puertos que por las noches se vuelven luces de feria y comida de puestos.

Cruzamos a la isla de Chiloé para ver las casas que flotan sobre un mar de lapislázuli, que reflejan sus animados colores y las marcas del tiempo que no siempre nos cuentan historias alegres. Moradas, rojas, naranjas, azules, amarillas; palafitos suspendidos en el aire que no tiene intención de llevarse lo que corre sobre el río. Su contraste con el verde vivo de una densa vegetación que no deja espacios en blanco y corazones sin rosas; las palabras no me alcanzan para describir las maravillas de estas tierras nuevas para mis ojos.

Ansiosos por descubrir nuevas cosas, guardamos de nuevo todo en la mochila. Supongo que ya he dejado olvidadas un par de cosas porque me pesa menos; o será la vida que ahora sé cómo tomarla más a la ligera. He aprendido cosas nuevas; espero salten por si solas de los renglones sin necesidad de que yo con mi obviedad se las digas. Menos mal Diego decidió venir, no sé quién más hubiera podido retratar la verdad que a veces redescubro cuando veo esas imágenes y me hablan de nuevo.

Nos vamos. Quiero más ceviche antes de irme, otro atardecer color melocotón, otro día para que no se termine esta fantasía.

Bariloche encantado

Habiendo dejado el reino del que provienen, una princesa rebelde y un intrépido príncipe de vainilla se fueron a buscar tierras lejanas donde se fabrica la libertad. Sin las comodidades de la vida moderna, cargando sólo con mochilas y una aventura bajo el brazo, los viajeros llegaron a un bosque encantado que queda cerca del cielo. Anduvieron por horas cuesta arriba en busca de su hermano el sol, enamorado de estas tierras lejanas, que con sus rayos acaricia los 7 lagos durante el dulce verano.

Dejaron escapar el tiempo, antiguo enemigo que hoy desconocen. El polvo se vuelve traslucido y ensucia sus zapatillas que no quieren volver… Morir, como las hojas que caen de los árboles para florecer la próxima primavera donde les hagan falta los viajeros a este bosque encantado.

Anduvieron sin sendero, bello desencuentro del camino que se reinventa para llegar a la cima. Árboles naranjas sin flores que les roben los colores. Troncos hechos de plata que se esconden entre un bosque cambiante donde duermen pacientes los duendes.

El atardecer encuentra a los viajeros justo antes de eclipsarse contra las montañas que separan los lagos del horizonte. Los príncipes no anticipan la noche que puede alcanzarlos a las faldas del cerro. La vegetación se transforma haciéndose tétrica y oscura, lo que antes fue lindo comienza a ser tenebroso.

Sin carruaje o corceles blancos se quedan los viajeros. Sin luna o estrellas aún no les queda más que pedir que los rescaten. Afortunadamente, en su camino, se han cruzado unos seres mágicos y alegres a quienes les mandamos muchos besos. Gracias por montarnos en su blanca furgoneta, con sus sonrisas y su calor nos hemos sentido más vivos. Victoria, Sofía, Bruno y Manuel les mandamos besos nuestros queridos duendes.

El Fin del Mundo

Montañas que se abren en el horizonte que no se termina, detrás de nosotros se ha queda lo conocido, lo convencional. En medio del mar, donde ya no tenemos nada siento la libertad más fulminante. Sobre mi sólo tengo nubes que no conocen la diferencia entre el cielo y el mar, rebeldes como yeguas salvajes que no tienen dueño o un destino premeditado como es la verdad.

Colores que no tienen explicaciones. Azules nostálgicos y fríos, helados en la tierra de fuego que arden en medio de la furia de un creador misericordioso que ahora huye en un carruaje jalado por estrellas fugaces capaces de desaparecer.

En medio del mar, en medio de la nada, en el más grande amor, allí van los viajeros persiguiendo el infinito… Al fin del mundo; al punto más cercano a la Antártida, tierra jamás conquistada por el hombre. Misteriosa y arrogante vestida de blanco, saca el avasallante invierno de su manga colores de verano para vestir al cielo en su última visita a la bahía. Nosotros no decimos nada porque aún no conocemos las palabras que curen, que recopilen recuerdos, que reproduzcan momentos… olvidar es para los que aún duermen, para los que no son gaviotas en la playa.

Que el faro guíe a los que han estado perdidos, que sigan su luz y que encuentren el rumbo. Marinero más triste no hay que aquel que aún no sabe a donde se dirige su embarcación. Que encuentren esa isla de colores perdida en medio del océano donde descansa el atardecer más largo del mundo.

De donde el mar se fué

Paraíso desértico amurallado entre las rocas. Suelos de corales y espejos de agua que se alejan de nosotros que luchamos por alcanzar.

Arena hecha de caracoles, agujerados como mi alma, cementerio del miedo que me causan las alturas que aún no conquisto, la enormidad ajena a mí, la que me hace diminuta contra el océano.

Extraterrestres de nuestro propio planeta, embajadores del silencio y víctimas de la evolución siguen los viajeros su camino. Me aterra el final… la extinción, descubrir el origen de nuestra existencia bajo las rocas y luego comprender que es solo momentáneo.

Navegamos por donde no sea profundo, perder el horizonte y a veces la cabeza… Encontrar que mis ojos apenas despiertan al contacto con el mar que se aleja.

El agua nos abre paso para obsequiarnos la gruta donde nos protegemos del sol. Como hijos perdidos caminamos sobre las costillas de nuestro creador que dejó sus huellas en la arena para que lo sigamos. El cielo se vuelve un poco más nuestro, podemos perdernos, desaparecer, resguardarnos y nunca salir para que el mar vuelva y nos coma vivos.

Escarbo a prisa, la arena no me permite encontrar una salida. Las fosas de mi gruta no guardan secretos ni caminos. Quiero reconciliarme con ella, perdonarla por meterse donde nadie la llamó, pero hoy no tendré tiempo.

Volveremos a la bahía, a la vulgaridad de nuestros días. Dejo que él tome mi mano y no me permita mirar atrás, extrañar, olvidar el olor a sal para que cuando el mar regrese nada me haga falta.

Pingüineapolis

A la orilla del mirador donde los contemplo, los pingüinos se reúnen para nadar entre las cristalinas aguas del mar.

Adorables de una forma casi inexplicable. Alegres al iniciar el andar, al compás de un canto sonoro y profundo; apenas iniciando su vida despidiendo inocencia. Frente a ellos me siento completa, junto a la persona que quiero, el único para mí. Sé que somos pingüinos capaces de reencontrarnos a través del tiempo y nuestros viajes.

Un sueño de infancia hecho realidad, una añoranza latente que culmina con la realidad más pura y bella que trae consigo plenitud, el regreso… Perdonar el infantil abandono que me hizo suspirar al pensar donde quedaban esas tierras lejanas.

Ahora sé que soy una de ellos, marcho por un sendero desértico y llego al mar. Fiel compañera de uno solo, intrépida para emigrar a donde haya la promesa de un nuevo hogar.

Aún recuerdo esas noches durmiendo con mi pingüino de felpa. Después de varios años mi madre me informó cuando regresé de la escuela que él se había ido con su madre a la Patagonia… hoy sé que él está aquí cantando junto a los otros.

Alta Montaña

Ríos de arena que corren en busca de donde aparcar, adonde puedan escapar los recuerdos, a donde pueda encontrar el sol. Montañas carmín, amarillas, rosas, de colores; deslaves que acarrean sangre de inocentes. Desencuentro del tiempo que ha perdido su cronología y ha dejado que reescribamos su historia a nuestro ritmo, a nuestro ilógica idea de encontrarle sentido a lo que simplemente es bello.

Dejamos que el desierto nos guíe por sus caminos para mostrarnos sus rostros, nos eleva sin que dudemos de sus máscaras, de sus capas. La vegetación nos abandona a medida que seguimos, el viento sopla helado como si el infierno pudiera abrirse y congelar nuestras almas.

Sin palabras hemos quedado frente al más terrorífico de los sueños de Dante, glaciares sobrepuestos como corazones abiertos en medio del desierto. Tesoros custodiados por titanes y jaguares, que aguardan dormidos a que sea de nuevo tiempo, a que el hombre rete al gran Aconcagua para que ellos tomen venganza.

Bajo la mira de Dios, inscrito en latón, un juramente de paz entre dos naciones que comparten una frontera y varias batallas que ahora anidan entre las rocas los cuerpos de aquellos valientes que no mirarán más que los pies de aquel redentor.

A 4220 pies sobre el nivel del mar, la existencia parece poca cosa, la espera de que alguna vez nuestros cuerpos también sean rocas es una ilusión nostálgica de la creación.

Frágiles nosotros y las civilizaciones antiguas, los Incas que aún más sabios que nosotros, han desaparecido… fugitivos de este universo, sólo han dejado algunas pistas para que admiremos su amarilla grandeza. Pocas cosas he visto que sean así de perfectas, un puente que junta dos mundos, aguas que vienen con fuerza del centro de la tierra, capaces de curar dolencias y males.

Espero el momento de tomar el té con el incongruente desierto que aún desconozco, que me diga quién es, de donde vino… que me cuente sus fábulas, que me llame hija del Dios que mira desde las alturas de sus cumbres que el hombre no destruya su eterna hermandad con él.

Iguazú

Golondrinas extendiendo sus alas para brincar del infinito precipicio que no encuentra rumbo y mejor muere. Arcoíris que acarician su plumaje líquido con el tierno toque del sol, su cristalina mirada no deja lugar para las sombras y lo que ellas ocultan. Su sutil cantar se expande de forma inminente por el resto de la selva y ya no son lo que parecen, porque en realidad nunca fueron golondrinas.

Silbidos y gritos de desesperación aturden mis oídos aún jóvenes para esta vida silvestre; si supiera como abandonar mi cuerpo y saltar encontraría la libertad en medio de mi locura. Olvido las palabras y me pierdo entre sus brazos; nuestra piel comienza a mutar… un día más y nos convertiremos en reptiles.

En medio del seno de la creación, en un lugar capaz de engendrar vida, por fin tengo sentido. Encuentro a la única Eva corriendo por las aguas del Amazonas en busca de su Adán que por culpa de su previo destierro, descansa bajo las palmas del Plata. Se hacen el amor de la forma más pasional, más terrenal; tan estruendosa que escucho como aúllan los espíritus del bosque para celebrar la nueva vida.

No soy más el enemigo, he emancipado mi alma que ahora corre lejos de mí; vuela entre las golondrinas y luego se desintegra en millones de prismas. Soy hija de Dios, de mi madre, de la madre tierra… de una costilla antes que nada, de agua, de polvo, de carne.

Vuelen golondrinas, sigan cayendo del cielo, que el recelo no las detenga; mojen mi rostro que tendré los ojos cerrados cuando desaparezcan…



Colón

Es la media noche y los niños aún no se duermen, el pueblo tiene vida después de haber permanecido fantasma toda la tarde. La música inicia y los aplausos aclaman el circo, ya no los detengan dejen que todas las criaturas se acerquen.

Que vuelen por los cielos los trapecistas, que se rían de los payasos que más que bromas hablan de amarguras e ironías… a este circo callejero le enorgullece ser del pueblo y para él. Que los aros den vueltas y que las antorchas no se apaguen como la esperanza de hacer un par de pesos que les den de comer el día de hoy. Que nosotros olvidemos nuestra realidad y alimentemos un poco el alma que falta ya le hace. Viva el circo, que él no tiene la culpa de mi mala fortuna…

Antes de llegar a Colón tengo que admitir que veníamos un tanto damnificados. El pobre de Diego con severas quemaduras que no lo dejaban ni caminar o cargar la mochila y para acabarla yo que no soy muy hábil cuidando las cosas. Encontramos donde pasar la noche de milagro, tengo que admitir que bastante mejor de lo que esperaba, al menos con aire acondicionado para que a mi querido se le curara un poco la herida.

No vimos la luz del sol durante el día, nos ocultamos como vampiros debajo de las cortinas por temor a que nos encontrara y tatemara lo poco que no hizo el pasado domingo. Llega la tarde y con ella el hambre, las ganas de salir a ver un lugar nuevo. No les miento cuando les digo que ni el super estaba abierto, encontrar una rebanada de jamón es tan imposible como toparse con un baúl lleno de dinero afuera de la casa a las 3 de la tarde. El pueblo es tenebroso y solitario, el río sigue triste gritando las mismas cosas que el otro lado; para que dividir los aplausos, cuando ya existen malditos para separarnos.

La desesperación que causa la sed y el hambre, dos necesidad tan básicas como el simple respirar, me hacen arrastrar los pies como si fuera una derrota… maldita siesta que no dormí, ahora me aguanto…

Nos pegamos a la costera, ahora llueve en la espera de ese sol que no quisimos, el sol que de todas formas no nos odia y nos da un regalo para que ya no lloriqueen en vano. El arcoíris sale sólo para nosotros que no hay más viajeros en nuestro camino, descansa en el horizonte para delinear nuestro mundo con otros colores. Me cae pesada la broma, porque siempre hubiera sido mejor un poco de pan, pero pienso en todos aquellos que aún intentan llegar a encontrar la olla con las monedas de oro que yo ya sostengo dentro de mis manos. Ya no me quejo, mejor me rio de las pequeñas desventuras…

El espectáculo está por iniciar. Estamos sentados en el piso ansiosos como si nunca antes hubiéramos visto un circo. Aplaudo y grito llena de emoción, Diego no siente más ardor, los malabares comienzan… me da gusto saber que también otros encontraron algunas monedas de oro mientras salía el sol.

El circo!

Camino a Buenos Aires

Irse, desaparecer, reintegrarse… dejar todo lo que antes nos ató a una realidad poco nuestra; a una prefabricada por los parámetros de la moral y la dialéctica. Luchamos por convertirnos en seres libres, personas que comprenden la belleza del espíritu y que creen en las incógnitas interespaciales. No conformes con sólo nacer, con sólo crecer, con vivir una vida convencional llena de reglas y tenues barreras invisibles que nos impiden trascender.

Empacamos rápido las pocas cosas que llevaremos. Me cuesta separarme de mis posesiones materiales, de las mentiras que he ido acumulando con los años que no me llenaron de nada más que de insatisfacción. Me cuestiono acerca de mi naturaleza, un ser complejo que ha vivido en la abundancia y que a veces escapa de los deberes matutinos para desafiar las probabilidades.

Me detengo, mi parte humana encuentra sus miedos mientras empaco el resto de mis camisas. Estoy petrificada pensando en la intemperie, en agobios mundanos que nos ha inyectado una sociedad confusa y temerosa. Subo la mirada, encuentro esos ojos cariñosos y amorosos donde puedo ahogar mis penas… que se vayan lejos y desemboquen otro día en una tierra que necesite dueño, que necesite un trotamundos.

El silencioso acompañante ha sabido calmar las dudas que revolotean en mi mente, terminamos de empacar y nos vamos… nos vamos porque de lo contrario moriríamos, seríamos cobardes, seríamos lo opuesto a nuestra naturaleza. Andaremos con la mochila acuesta y con el corazón en la mano. Ya no tengo miedo a esa libertad prometida que vivo seduciendo y que ahora por fin dormirá conmigo en la misma cama. Nos vamos, pero no me despido porque nuestro camino apenas comienza, además de zapatos cómodos sólo llevo el sol tatuado en la frente y la emoción a flor de piel.