El Fin del Mundo

Montañas que se abren en el horizonte que no se termina, detrás de nosotros se ha queda lo conocido, lo convencional. En medio del mar, donde ya no tenemos nada siento la libertad más fulminante. Sobre mi sólo tengo nubes que no conocen la diferencia entre el cielo y el mar, rebeldes como yeguas salvajes que no tienen dueño o un destino premeditado como es la verdad.

Colores que no tienen explicaciones. Azules nostálgicos y fríos, helados en la tierra de fuego que arden en medio de la furia de un creador misericordioso que ahora huye en un carruaje jalado por estrellas fugaces capaces de desaparecer.

En medio del mar, en medio de la nada, en el más grande amor, allí van los viajeros persiguiendo el infinito… Al fin del mundo; al punto más cercano a la Antártida, tierra jamás conquistada por el hombre. Misteriosa y arrogante vestida de blanco, saca el avasallante invierno de su manga colores de verano para vestir al cielo en su última visita a la bahía. Nosotros no decimos nada porque aún no conocemos las palabras que curen, que recopilen recuerdos, que reproduzcan momentos… olvidar es para los que aún duermen, para los que no son gaviotas en la playa.

Que el faro guíe a los que han estado perdidos, que sigan su luz y que encuentren el rumbo. Marinero más triste no hay que aquel que aún no sabe a donde se dirige su embarcación. Que encuentren esa isla de colores perdida en medio del océano donde descansa el atardecer más largo del mundo.

La cumbre

El fin del mundo, el comienzo de otro. Bifurcaciones en el largo camino que hay que andar para llegar a él. Dos naciones que han llenado de nada y nostalgias los fríos paisajes donde pastan las ovejas olvidadas por Dios.

30 horas de camión y más de dos milenios para seguir entre problemas de política y espíritu pero aquí estamos; tan cerca del fin del mundo que no se termina, sólo continúa.

Ramas que se entrelazan en un sendero. Troncos con corazón de fuego adornando la subida al punto más alto del cielo. Seguimos la cuenca del río que me habla al oído, congelada sobre la montaña, espera un verano que despierte su grandeza. Entre el hielo y la cima del mundo me siento invencible, inmortal, sin cadenas, sin miedos.